Archivo del Autor

LA REINA Y URBANO

Sobre el asunto de las “supuestas” declaraciones de la Reina, sobre el tema de los gays y el matrimonio, lo primero que se me ocurre pensar es: qué mal mensajero ha escogido Su Majestad. La larga trayectoria profesional de la periodista deja patente de que pie cojea : Fue comentarista política del ABC (hasta 1985), Diario YA (85-89), colaboradora de la COPE con “Directamente Encarna”, prolija articulista en la revista ÉPOCA y actualmente escribe en EL MUNDO y sus “conspiraciones”. Hablando de homosexuales en el año 1994 en la revista ELLE hizo unas declaraciones homófobas sobre el asunto de la adopción, de las que extraigo algunas perlas: “dos homosexuales podrán ser un par, por aquello de ser dos, como las alpargatas. Pero nunca serán una pareja”. También afirmaba que no aprobaba la adopción por parejas del mismo sexo ya que el “ambiente enrarecido, enfermizo, deformante, vicioso y tarado de un par de maricones o de lesbianas, que fingen ser lo que no son, hacer lo que no hacen y dar lo que no tienen” no era apto. Por estas declaraciones fue denunciada y desconozco en qué quedó el asunto. Pero si además se sabe, porque es público y notorio, aunque eso forme parte de su vida privada, que la periodista es de profundas convicciones católicas y numeraria del Opus Dei (el escritor Vicente Molina Foix la llamó “Urbano VI” en un artículo que publicó tras esas declaraciones homófobas), se concluye que Pilar Urbano no es la mejor interlocutora para hablar sobre gays y lesbianas, así que, como decía al principio: mal mensajero ha escogido Su Majestad.

Y qué decir de sus libros. Esta mujer tiene la habilidad de sacar al mercado libros muy oportunistas. En “La Reina muy cerca”, lo que hace es actualizar la biografía que publicó en 1996 para aprovechar el tirón mediático del 70 cumpleaños de la Reina Sofía. Con la polémica de las declaraciones el libro se venderá como rosquillas. ¡Bingo! El negocio está servido. Además de libros oportunistas, los títulos también lo son, no sé si son idea de ella o es marketing de las editoriales. Te encuentras con títulos como “Jefe Atta” que, según la escritora, investiga “el antes, durante y después del 11 de septiembre”, “recupera la vida de los jóvenes suicidas en Hamburgo” y que ha tenido que luchar contra el “gran hermetismo impuesto desde los poderes de la Casa Blanca”. Vamos, que me imagino a la Urbano y su periodismo de investigación, indagando sobre Atta, el cerebro del 11 de septiembre, correteando los despachos oficiales de Washington, entrevistando a agentes de la CIA y el FBI, a los vecinos de Atta en Hamburgo y husmeando todo para hacer un retrato psicológico del asesino de las Torres Gemelas, en plan Truman Capote cuando indagó sobre los asesinos de los Clutter para escribir “A sangre fría”, o a los periodistas del Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward, investigando el Watergate y me da la risa. Eso sí, Doña Pilar Urbano sin despeinarse, manteniendo intacta su permanente. Otros de sus títulos ‘Con la venia, yo investigué el 23-F’ y ‘Yo entré en el CESID’ son libros que no dicen absolutamente nada que no sepa cualquiera que lea la prensa, tire de hemeroteca o busque en Internet. Resumiendo, títulos para ganar dinero de incautos lectores, ideales como regalo que se hacen entre los busca fantasmas de la conspiración y comulgantes con las ideas de la Urbano.

Como la Casa Real ha emitido un comunicado referente a las supuestas declaraciones de la Reina y ese comunicado sí es oficial, no entro en si lo dijo o no lo dijo o qué piensa Doña Sofía sobre el matrimonio gay o la marcha del orgullo. Tampoco creo necesario recordarle a Su Majestad el papel que la Monarquía tiene en la Constitución y quién hace las leyes. De sobra lo sabe. Lo que sí opino es que el papel institucional que tienen los Reyes les obliga a ser muy escrupulosos en lo que se dice, cómo se dice, cuándo se dice y a quién se dice, escrupulosidad que hasta ahora había sido ejemplar.

El ámbito de privacidad de los miembros destacados de la Casa Real, Reyes y Príncipes, es muy limitada, se reduce a poco más que sus reuniones familiares fuera de actos institucionales, sus relaciones amistosas, sus viajes privados y lo que hagan en sus alcobas o zonas privadas de palacio. Esta claro que los reyes, tanto los españoles como los de otras casas reales europeas, tienen opiniones, pero simplemente no la pueden hacer públicas. Más aún expresarlas ante un periodista, a no ser que la Urbano sea amiga de Doña Sofía y, si así fuera, Señora cuídese de con quién se junta, ya que lo que supuestamente dijo en privado ha trascendido a lo público, Pilar Urbano, probablemente, a sido desleal y no ha respetado el principio del “off the record” o la Reina no dejó claro la privacidad de esas opiniones, cosa que la hábil periodista ha utilizado. Se puede dar el caso de que la periodista quiera arrimar el ascua a su sardina, pero primero tiene que haber hecho que pique la sardina y luego esperar el momento oportuno, cuando a su ascua le convenga, para decirlo, sea para vender más libros o para barrer para adentro. Es inadmisible que esas supuestas opiniones de Doña Sofía, sobre el matrimonio homosexual, vean ahora la luz pública cuando la deliberación en el Constitucional del recurso contra la Ley no tardará mucho y estas “supuestas” declaraciones de la Reina, aparte de al Mensajero y sus correligionarios , le interesan a quien presentó la demanda de inconstitucionalidad de la Ley, es decir al PP y sus acólitos.

Texto ©Paco Molina

Comments No Hay Comentarios »

cuan-1-dama-copiar.jpgAl darse cuenta que las estaba enfocando una de ellas me saludo con su mano enguantada en látex amarillo. Movió su brazo delgado y venoso como el sarmiento con la elegancia que sólo las grandes damas poseen. Como esas ex primeras damas que han enterrado a sus maridos “ex presidentes” y han conseguido gracias a su longevidad seguir siendo tratadas durante muchos años como ex primera dama.
A la mujer del presidente Lyndon B. Johnson, de soltera Claudia Alta Taylor, que murió con 94 años, su familia le llamaba Lady Bird (mariquita) ya que la consideraban tan bella como una mariquita- el insecto coleóptero-, y aunque en inglés llamar a alguien como al insecto no tiene el significado que nosotros le damos, por la elegancia que mostró esta “dama” aquí fotografiada yo le llamo Lady Bird.

Toronto ( Canadá) Orgullo Gay Junio 2007Foto: ©Paco Molina

http://www.photorecursos.com/

Comments No Hay Comentarios »

pelo-y-pluma-foto-3-copiar.jpg De todos es sabido que los enfrentamientos entre artistas son bastante comunes. A la hora de odiarse ponen la misma capacidad creativa y el mismo talento con el que han sido dotados para las artes que para tratar de hundir al colega que odien. Y lo mismo vale entre artistas de tercera regional que entre grandes divos o monstruos de la creación. La diferencia será que el mayor nivel intelectual de los contrincantes enriquecerá el enfrentamiento, quizás más sutil (aunque no siempre los genios son sutiles), pero también más letal, y en el caso de los más mediocres podrá llegar a ser patética la pelea. En las altas esferas de la intelectualidad daña más una frase culta criticando al contrario que los arañazos que se dan en la cara, en las peleas, las mujerzuelas barriobajeras, aunque se dejen las caras como mapas de carreteras.

La historia de la literatura está llena de enfrentamientos entre literatos. Algunos de estos combates entre profesionales de la pluma han dejado escritas páginas memorables en el mundo de las letras. En lengua castellana tenemos el muy conocido enfrentamiento entre Quevedo y Góngora. ¡Las cosas que se dijeron estos dos hombres! Si se las dijeran autores actuales, muy probablemente acabarían en querellas judiciales. Además, hoy en día, donde lo políticamente correcto impera, algunos de los epítetos que Quevedo le dedicó a Góngora serían tildados, y con toda razón, de antisemitas. Góngora (1561-1627) nació en Córdoba de una familia bien y parece que de origen converso, y por ahí fue por donde le atacó Quevedo. El autor de La vida del Buscón escribe: “yo te untaré mis obras con tocinoporque no me las muerdas, Gongorilla”, una clara alusión a la prohibición que tienen los judíos de comer productos del cerdo. En otro verso le llama perro o, lo que es lo mismo, lo insulta llamándole “perro judío”. Para la nariz de Góngora también tiene alusiones racistas, ya que la describe como la que se le supone a los hebreos. Aunque se dice que ese enfrentamiento era debido a la forma de entender la literatura, cultistas contra conceptistas, parece más visceral que intelectual el aborrecimiento que se tenían. Y no hay una reacción emocional más visceral que la envidia y los celos. Si los celos en las relaciones de pareja pueden llegar a ser mortíferos por temor a los cuernos, entre los escritores y otros profesionales de la creación los produce el que el otro sea más leído, comprado o reconocido. Más recientemente el enfrentamiento entre Francisco Umbral y Arturo Pérez-Reverte hizo que corrieran ríos de tinta. En esta pelea los escritores no estaban solos, cada uno de ellos contaba con sus padrinos de duelo. Los padrinos de Umbral, atrincherados en El Mundo, desenvainaron las espadas para defender al “maestro Umbral”. (¿Por qué algunos medios llaman a sus propios columnistas maestros?). La guerra llegó a su cenit cuando el “maestro Umbral”, en la presentación de Pasiones Romanas, premio Planeta 2005, se atrevió a decir que “…es la novela sin estilo, pero el estilo es la impronta masculina por excelencia. Está incardinada en las últimas tendencias, que no sabemos si son buenas o malas, pero tampoco Pérez-Reverte tiene estilo y no se le critica por ello”. Como no era la primera vez que Umbral se metía con el estilo de Pérez-Reverte, éste le dedicó un artículo en El Semanal titulado “El muelle flojo de Umbral” en el que se despachó a gusto. Poco faltó para que no le diera con un calcetín sudado en la cara al ya anciano Umbral y, si no lo hizo, quizá fue por respeto a la edad. El artículo de replica a las palabras de Umbral no tiene desperdicio, lo llamó de todo. Creo que el artículo puso a Umbral en su sitio. Sería muy larga la lista de autores de todos los tiempos que han tenido diferentes tipos de enfrentamientos con sus colegas. Cela dedicaba una de las ediciones de “La familia de Pascual Duarte” de esta manera (cito de memoria): “Dedico esta novela a mis enemigos, que tanto han contribuido al éxito de mi carrera”. En la mayoría de los casos se han justificado los navajazos que se han pegado, sean por escrito o verbales, por desacuerdo en el “estilo” o por entender que lo que escribe el otro no es literatura, por purismo literario. Claro, ninguno dice que le revienta que otro autor contemporáneo sea más reconocido internacionalmente por ser más traducido, que esté en la lista de los más vendidos o que firme más en
la Feria del Libro. Porque, claro, la escritura que uno hace es una genialidad y los genios son unos incomprendidos, sobre todo en vida.

Las parrafadas anteriores me han servido para introducir la cuestión que yo quería plantear aquí: cómo un maestro de la literatura puede perder los papeles por una cuestión relacionada con el pelo corporal. ¿Puede un genio de la literatura del Siglo XX llegar a las manos, es decir, a pelearse cuan marino borracho en una taberna portuaria frecuentada por prostitutas y proxenetas, porque le digan que no es un hombre de pelo en pecho? He aquí la historia. Hemingway fue la imagen del hombre macho norteamericano real (en la ficción eran los personajes del cine). Todo virilidad, gran cazador de leones en África y de mujeres por todo el mundo, gran amante, apasionado del toreo y de emociones fuertes, casado no sé cuántas veces, atrevido explorador, buen bebedor de güisqui, gran viajero. El hombre macho en estado puro. Pero, además, gran escritor, el más popular de su generación. Escritor que sólo sabía escribir de lo que había vivido y detestaba a los escritores que no salían de sus despachos y no habían vivido lo escrito. Si se escribe sobre la guerra hay que haber estado en una y si se escribe sobre la pesca hay que ser un as de la caña. Si no era así, le parecían escritores falsos. Parece que era muy echado para adelante y no toleraba a los melindrosos. Durante décadas fue corresponsal de diarios y revistas, lo que le permitió viajar por todo el mundo, estar en el ojo del huracán de muchos conflictos y ser testigo de actos políticos de una relevancia que modificaron el mundo en que vivió. Esa experiencia como corresponsal y enviado especial fue su “trabajo de campo” que luego convertiría en novelas. En cuanto a su físico, parece que producía estremecimiento en las mujeres, especialmente en las jovencitas amantes de los “daddys”, y he de suponer que también alegraba las pajarillas a más de un hombre. De hecho, sigue habiendo concursos en USA de “look” Hemingway. Hombre de barba blanca y torso lleno de pelos que parecían querer escaparse del pecho para unirse a la barba. Tenía casi siempre un buen color de piel, su gusto por el mar y los espacios abiertos le otorgaba un bronceado perenne, lo que hacía parecer aún más blanca su barba. Aunque ese deseo de aventura también le produjo más de un disgusto, ya que parecía propenso a los accidentes. Hemingway, igual que otros muchos escritores, tuvo bastantes disputas con compañeros de oficio, pero sin duda la que más me ha sorprendido fue la que tuvo con el escritor Max Eastman, que está relacionada con los pelos del pecho de Ernest, de ahí el título de esta entrada. The New Republic publicó un artículo en 1933 firmado por el también escritor Max Eastman en que el autor aseguraba que Hemingway no era un “verdadero macho” porque “usaba pelo postizo en el pecho”. El artículo, más que cuestionar la virilidad o heterosexualidad de Hemingway, lo que cuestionaba era si los pelos del pecho que lucía eran auténticos. Acusaba a Ernest de tener un ¡bisoñé torácico! Parece una acusación absurda y más proviniendo de un escritor serio (Max Eastman fue especialista en escribir sobre el comunismo, parece que al principio tenía ideas afines al régimen bolchevique, pero luego fue uno de los primeros en denunciar el estalinismo). Si absurda parece la acusación, la reacción del que años después escribiera “Por quién doblan las campanas” tampoco estuvo a la altura que se esperaría de un gran escritor: usar la pluma y no la agresión física. Algunos años después de publicarse el artículo que trataba de dejar el pecho de Hemingway con menos pelos que una bombilla, ambos escritores se encontraron casualmente, estando rodeados de amigos comunes, y Ernest, nada más ver a Eastman, se descubrió el pecho, se pegó unos tirones de sus pelos y demostró la falsedad de la calumnia. Acto seguido se abalanzó sobre el calumniador, lo tiró al suelo, despojó a Max Eastman de su camisa y quedó patente que el calumniador era lampiño, que tenía menos pelos que el chocho de una muñeca y que Ernest Hemingway realmente era un tío de pelo en pecho. Ambos escritores acabaron la disputa como si de una pelea de macarras se tratara, tirándose de los pelos y llamándose uno a otro maricón e impotente. Alguien que presenció la escena comentó que “su imagen (de Hemingway) sufrió un gran deterioro”.

Nota: De la anécdota de los pelos de Hemingway tuve conocimiento al leer un ensayo de Margo Glantz publicado en México en 1984 y rescatado por
la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes en su serie “Ensayo y crítica” en 2006. Al relatar la anécdota me he permitido introducir algún cambio para quitarle la seriedad del ensayo.

Comments 2 Comentarios »