Mi historia con la revista Zero estaba teñida de cariño, de costumbrismo y de cierto activismo.
Cuando me mude de mi ciudad natal a este pueblo perdido pensé en lo que me costaría encontrar la revista, pero no fue así. Sintiendome el único gay del pueblo acabé pensando que tendría que hacer una sentada delante de la papeleria, porque siempre había al menos cuatro ejemplares que desaparecían (los compraban) como el mio.
Asi el gesto de ir a por la Zero (siempre a partir del dia 10 porque vaya distribución mas cochambrosa, que se dice en mi pueblo, el de verdad, no este de adopcion), iba diciendo que el gesto se convirtió en una manera de reivindicar lo gay, de pisar fuerte con los tacones, de decir “sí, ¿y qué?” al librero (y eso que no es ni mayor de edad ni de mente, vamos que no es ningun carca facha).
PERO… este ultimo mes mi conversación con mi librero fue “joder, ochocientas pelas la revista (haciendo una conversación rápida a la antigua peseta)”, y el librero que me dice “sí, ya ves, como si el de la portada no hubiera pagao por salir (es lo más lejos que he llegado a hablar con el librero de politica, en realidad de cualquier cosa, en seis años de conocerle)”.
Y yo que le digo “el de la portada se arrima donde sea con tal de sacar votos y los de la revista que ya no saben donde pican y le dan pabulo a semejante…. (obvio el calificativo, claro, que uno si se deja llevar se pone muy burro, y al fin y al cabo, el de la portada lo único que es es que es mu feo)”.
Y comprendí, después de leer la revista en mi casa, que esa era mi última revista Zero que compraría, mi último poster del chulo del mes que vería, mi última reseña de pelis pornos (con lo bien que iban desde que la incluyeron no hace mucho), que sería la última vez que tendría que pagar por más páginas de publicidad que de contenidos, que ya no vería tanto el careto y el look rapaete que tanto me gusta del dire Sr. Lopez, que tendría que seguir a Mendicutti por otros medios, porque… esa fue (y será) mi última revista Zero.
Con mi dinero no (como un restaurante al que no voy si no me invitan: a comer esa mierda carne no voy si pago yo. Lo mismo con la revista. Y como no es la tipica revista de peluqueria, como no conozca a alguno de los otros gays del pueblo que la sacan de su estanteria como hacía yo antes…).
En fin, una pena de historia que llega (como todas) a su fin.
Ah, y que cada uno haga lo que quiera con su cuerpo, oye. Que esto de no comprarla más es cosa mia.
Lo malo es que aqui no consigo ni la Vanity Gay, ni la Odisea, ni la Shangay (como no me acerque a Benidorm, y a veces ni así).

Entradas (RSS)