“Primero, [está] el debate acerca de la naturaleza jurídica de la obediencia debida, aspecto tremendamente controvertido, ya que algunos autores consideran que la obediencia debida es una causa de justificación, en tanto que otros la tienen por causa de inculpabilidad…”
“… en la obediencia debida hay una triple relación: superior-inferior, inferior-tercero y superior-tercero, por lo cual las consecuencias jurídico penales son distintas.”
Laura Zúñiga, “La obediencia debida: consideraciones dogmáticas y político-criminales”.
1. Sierva te doy
Las palabras de un amo, ahora ya del amo, habían surgido en su ordenador como despertando en su interior a una doble que hubiera permanecido dormida durante sus cuarenta y cuatro años de existencia. Su estilo lacónico pero tajante y directo la había subyugado desde las primeras líneas que intercambió con él. “Descríbete”, “escribe todo siempre con minúsculas, salvo mi nombre: AMO”, “desnúdate para comunicarte conmigo” y otras órdenes sencillas tenían en ella, en su mente, un efecto devastador, devastador de su voluntad, de su seguridad. Cuando él aparecía en la pantalla de su ordenador a la hora acordada, ordenada, ella no tenía otro interés que el de entregarse, el de saberse y saberle suya. Durante los primeros días se comunicaban durante horas y casi desde el principio terminaban la sesión con una llamada telefónica. Él apenas hablaba entonces, dejaba que el sonido de su voz y timbre serpenteasen a lo largo del teléfono y, a través de los oídos de ella, terminasen enrollándose en su cuello, lo sentía en su garganta, y así cedía a sus deseos de masturbarse con la excitación profunda que le contagiaba aquel registro ronco “Sigue puta mía” y su respiración también honda, atávica, algo así como una respiración universal, un viento ciego que la erizaba y sentía hasta en el estómago y que terminaba casi como un puñetazo.
El amo no manifestó un deseo inmediato de hacerla suya físicamente. Parecía contentarse con dominarla a través del ordenador y del teléfono y ella no osaba sugerir un encuentro real. Y esto por muchas razones, no se atrevía porque sentía miedo, pero no un miedo monolítico y paralizante. Se trataba de un miedo múltiple y basado en criterios reales. Una cosa era terminar diciendo al teléfono frases absurdas, pero sentidas como ninguna de las que dijera hasta entonces, y otra citarse a solas en un lugar, conocido o no, con un ser que pretendía llevarla a la gloria causándole dolor físico y humillación oral; con alguien que podía ser, visto con frialdad, un psicópata, un loco, un asesino; alguien que tras atarla y acariciarla con su cinturón, como tantas veces había prometido, la hiciera desaparecer para siempre, la degollase, la estrangulase o, simplemente, que le infligiera unas heridas tan profundas que le obligasen a acudir a algún servicio sanitario y se viese obligada a dar explicaciones. De todo, esto era casi lo que más le asustaba, que un mal final o una relación desatinada terminasen haciendo públicas sus perversiones; que su familia, sus amigos, su círculo de colegas o cualquiera que la conociese supiesen a través de las caras serias de doctores o policías –a ambos los confundía en medio de sus miedos- la verdad, su verdad: ella consintió, ella lo pidió, ella lo exigió.
Pero todo esto lo olvidaba justo cuando hablaba con su amo. Toda la tranquila crueldad con la que él le describía de vez en cuando lo que acabaría haciendo con su cuerpo y con su alma para hacerla realmente suya llegaba a ella envuelta en una cápsula y aire de protección. Él era seguridad, no importaban las brutalidades que se le ocurrieran: pinzarle los pezones, quemarle con cera ardiente los labios vaginales, entregarla a otros amos para que la poseyeran con dureza, todo le sonaba a bálsamo, porque sabía que él siempre estaría presente, que él controlaría la situación, que jamás nada resultaría malo para ella; todo probaría que realmente ella era suya, y que, no podía decírselo sí misma de otro modo, ella lo amaba. Cuando después se encontraba sola, después de haber llegado al clímax, siempre sola, siempre sola, volvía a dudar; se aseguraba que aquello no era amor. A la perversión no se le puede llamar amor… ¿o sí? ¿Sería que sólo era amor aquella necesidad de entregarse a la voluntad de otro sin esperar nada a cambio más que violencia y humillación? ¿O todo maquillaba una gran mentira y en realidad ella sí esperaba algo? No tenía respuestas, no podía imaginar una relación de este tipo con nadie, no podía imaginar el futuro, esto no casaba con una cotidianeidad equilibrada y esto no era, desde luego, violencia de género. No era ni siquiera una violencia consentida, era una violencia exigida, una especie de prueba de que ella sí era importante para el AMO.
Empezó a lloviznar de nuevo. La avenida seguía vacía. No sentía el frío, ni siquiera en sus pies casi desnudos. El portal de su casa, oscuro y cerrado, era una especie de Rubicón que no estaba dispuesta a volver a cruzar. No tenía miedo, sólo notaba las incomodidades físicas descritas y una especie de comezón, de ansiedad, que le anudaba la boca del estómago; la misma que sintió cuando sólo un par de días atrás él le anunció que había llegado el momento de demostrar que era su esclava; que había estado ideando la prueba que le demostraría su entrega total y que dependía de ella dar el paso o interrumpir la comunicación para siempre. Ella se quedó entonces sin palabras durante unos segundos y se preguntó si anhelaba de verdad el encuentro real o si, por el contrario, al toparse con el amo en carne y hueso se rompería la magia. No creía tal vez en la existencia auténtica del amo, pero menos todavía quería admitir la posibilidad de que callase su inquietante y enloquecedora voz al teléfono y despareciese, de que desapareciese y lo perdiese, de que lo perdiese y tuviera que renunciar a enfrentarse por primera vez en su vida a la felicidad y a su verdadera forma de ser. “¿No contestas? Supongo que esto es un no”. Los segundos pasaban y ella estaba paralizada, no recordaba ningún momento de su vida en el que tomar una decisión significara tanto. Estaba atenazada. Hasta entonces había actuado como él le pedía sin titubear. De hecho, estaba desnuda frente a la pantalla del ordenador, con el pelo suelto y con un par de pinzas sobre la mesa a la espera de que él le ordenase dónde aplicarlas y cómo. Ella pensaba que, antes de dar el paso de encontrarse en persona, él le habría exigido que comprase una cámara de ordenador y que se habrían visto a través de la pantalla; permitiendo así que no sólo las palabras del amo se le metiesen en su vientre, sino asegurando a través de la imagen que cumplía todo lo que él le pedía. Pero él le ordenaba que aceptase una misión que la confirmase oficialmente como su esclava y cuyo premio sería todos aquellos castigos que le venía relatando durante semanas y que además de excitarla, la habían convertido ya, si no en su esclava, sí en esclava de aquellas largas sesiones delante del ordenador que empezaban entorno a las diez de la noche y algunos días los mantenían unidos hasta las dos y las tres de la madrugada.
“De acuerdo, tu silencio ha hablado por ti. Esperaba otra cosa de todo lo que hemos hablado, pero no importa, prefiero que la decepción sea así y no en un encuentro directo. Adiós”. Ella no pudo evitar que sus manos alcanzaran el teclado y más allá de su voluntad contestaron a su señor: “Ordene y yo obedeceré, AMO”.
Las frases de él empezaron a desgranarse de forma ordenada y contenida. La prueba que ella debía superar había sido pensada de forma pormenorizada y consistía en un ejercicio de seducción y entrega al tiempo. En un momento determinado de un par de días más tarde, ella recibiría una llamada, sería una llamada nocturna. A partir de ese momento ella debería bajar a la calle, vestida únicamente con una gabardina y unos zapatos de tacón y buscar un taxi. Sólo superaría la prueba si conseguía que el taxista accediese a tener un intercambio sexual con ella, pero no uno cualquiera, sino que él debería sodomizarla en el lugar que él le indicaría cuando la telefonase. Obviamente el amo asistiría oculto a la escena y sólo se haría visible una vez que el taxista hubiese culminado su acción.
Ella pensó que jamás sería capaz de superar esa prueba. Hubiera accedido de inmediato a ser sodomizada por el amo o por cualquier persona que él hubiese indicado, pero que conociese el juego con antelación. Nunca había sido sodomizada, por lo demás, por ninguna de sus parejas y, por otro lado, aunque ella lo esperaba, el amo nunca le había impuesto en sus juegos a través del ordenador que ella se introdujese nada por vía anal –sí en la vagina-. Además, jamás había sido una persona que gustase del juego de la seducción: ella había sido siempre la seducida. No se imaginaba seduciendo a un desconocido y no tanto por el miedo a que le repugnase el taxista, podía entregarse a cualquiera, como si fuera ciega, si eso era lo que le imponía el amo, pero se sabía incapaz de hacer saber a un desconocido que deseaba una relación sexual con él; con más motivo le resultaba inverosímil verse a sí misma explicando a un taxista al que acababa de conocer que lo que realmente deseaba era una penetración anal. Pero sin embargo, no rechistó. Accedió a todo. Tenía un par de días para pensar sobre el asunto y cuando él la telefoneó para rematar la velada, como todas las noches, advirtió un toque de felicidad en la frialdad habitual de sus palabras. “Cuando una esclava se comporta con lealtad también recibe la compensación y el afecto de su amo”. De hecho, el término compensación sí había sido citado con anterioridad, pero el de afecto la sorprendió. No habría podido hacerlo explícito, pero lo que realmente ansiaba era una mezcla de castigo y de afecto. ¿Era eso posible? ¿No dejaría de admirar al objeto de veneración, a su amo, si lo comprobaba dúctil y comprensivo? De cualquier manera, la palabra afecto la tranquilizó y se sintió más segura aún en la tormentosa voluntad de aquel amo anónimo, exigente y, aquella noche, incluso amable.
Al día siguiente no hablarían; ella debía reflexionar sobre el paso que se le ordenaba: se iba a convertir en una esclava legítima. Y de hecho, las horas, todas las horas, que se sucedieron desde que cortara la comunicación aquella noche en que aceptó las reglas de un juego que dejaría de ser virtual, las dedicó a plantearse preguntas sobre él. Eran preguntas que no se había hecho nunca o que no la habían preocupado, pero que ante la inminencia del encuentro adquirían peso y consistencia: ¿y si realmente el amo le repugnaba?, ¿y si todo lo que le había dicho, su voluntad de entrega, de resistencia a la humillación y al dolor sólo fueran frases inconsistentes imposibles de mantener ante el sufrimiento real?, ¿era ella la única esclava de aquel amo?, ¿qué experiencia tenía él?, ¿se trataría de una persona de fiar o se le podría ir la mano y hacerle de verdad daños irreparables, o peor aún según sus fobias, imposibles de esconder?
Volvió los ojos hacia la avenida, la lluvia seguía cayendo terca pero sin fuerza. Entre las luces de los semáforos lejanas advirtió unas luces blancas que se movían a lo lejos. Era un coche, podía tratarse de un taxi. Dejó de sentir la lluvia en sus pies casi desnudos; el corazón, ya alterado, adquirió un ritmo taquicárdico. El momento parecía haber llegado. Su vista era buena, pero le costaba discernir a tanta distancia el pequeño piloto blanco con visos verdes que identifica a los taxis disponibles. El vehículo avanzaba lentamente: lo mismo podía tratarse de alguien que regresase tarde a casa no muy dueño de sus reflejos o de un taxi que mantuviese una velocidad lenta para no perder ningún posible cliente. Un semáforo todavía lejano detuvo el vehículo y los segundos que tardó en cambiar y franquearle el paso casi la vuelven loca. Como esa vida que dicen reviven los que ven la muerte de cerca, ella tuvo mil imágenes, mil ideas, casi todas ellas de abandono, de tirar la toalla, de correr a su portal, de volver a su casa cálida y de borrar del ordenador todas las referencias que la unían al amo. Tenía el teléfono móvil en el bolso de la gabardina y lo sintió frío cuando en un movimiento rápido y nervioso cambió de postura. De repente, aquello fue como un mal augurio. El instrumento que le había llevado la voz de su amo le rozaba recordándole que no era libre, pero la sensación no era placentera. Por aquel aparato le llegó a ella la palabra afecto, pero no era eso lo que ella percibía de aquella situación más propia de la fantasía literaria que de la realidad.
El automóvil volvió a ponerse en marcha y ella no se movió. Se quedó paralizada y casi horrorizada al confirmar que en efecto se trataba de un taxi libre y que, al verla, aceleró su velocidad para llegar antes a su altura. Ella no recordaba ni siquiera haberle hecho señas para que se detuviese, pero el taxi estaba allí, con la cabeza de su conductor tratando de confirmar si ella subiría o no al vehículo. En aquel momento, y sin dudar, ella abrió la puerta delantera, tal y como le había sido indicado, y se sentó junto al taxista casi sin mirarlo. Él le dio las buenas noches, pero ella, por todo comentario, señaló la dirección y el nombre del club privado acordados dos noches antes. El taxista era un señor de algo más de cincuenta años, con aspecto de abuelo joven, pelo cano, bigote también canoso, la barba ya un poco crecida a aquellas horas de la madrugada. Vestía unos pantalones vaqueros y una camisa debajo de un jersey gris, de esos que se compran en los mercadillos. Ella no pudo eludir la imagen de la mujer que aparecía en una fotografía junto al volante comprándole camisas, jerseys y calzoncillos en uno de los mercados ambulantes que se montan todos los domingos en la periferia. Aquélla semejaba una mujer de aspecto agradable y la foto, que debía de tener unos diez años, inspiraba ese ambiente familiar y seguro que ofrecen ciertos taxis y que tanto se agradece cuando se regresa solo a casa de madrugada. De hecho, y aunque no había reparado en ellas durante el primer vistazo, también había dos fotografías con un niño en cada una, a su vez un poco antiguas, que sonreían y proclamaban que todo iba bien. El ambientador con forma de pino, el salpicadero impecable, la placa que indicaba el número de licencia y que el máximo de ocupantes era cinco completaban un paisaje cotidiano y sereno, a distancias galácticas del escenario inseguro y convulso de su mente.
El taxista parecía un buen hombre, fiel reflejo de esa máxima que indica que los taxistas de cualquier sociedad son la mejor expresión de sus clases medias, de sus aspiraciones, intereses y valores. La distancia al barrio en el que se encontraba el club les llevaría unos minutos, pero la distancia que la apartaba de la superación de la prueba a la que la sometía el amo se tornaba casi insalvable. De repente se percató de que todo lo que había hecho aquella noche hasta aquel momento le había inspirado mil sentimientos y sensaciones, pero hasta entonces ninguna que ella considerase maligna; sin embargo, seducir a aquel taxista, tarea que ni imaginaba cómo podía o debía empezar, sí que le parecía la peor de las perversiones. El logro de sus objetivos significaba corromper aquella figura de hombre aparentemente intachable, incondicional de los suyos, con toda probabilidad creyente. Su tranquilidad, su mirada proyectaban la quintaesencia del orden universal, de la seguridad mundial. Él en su cometido de taxista nocturno, uno de los más arriesgados, encarnaba el equilibrio, la sencillez y, sobre todo, la legitimidad: la legitimidad del esfuerzo paterno para, incluso en arquetipos que a ella le hubieran repugnado por machistas en cualquier otro momento, sustentar el bienestar y el futuro de su hogar. De repente él era su padre, ella experimentó una especie de regresión infantil y una vez más casi decayó en su empeño y objetivos.
El conductor, apreciando la tensión que sacudía por dentro a aquella mujer hermosa y madura, embutida en una gabardina y con un calzado más propio de una fiesta veraniega que de una noche desabrida como aquella, encendió la radio y rebuscó entre las emisoras hasta que recaló en una que transmitía noticias deportivas. Para ella aquello era el colmo, no podía competir, jamás alcanzaría su objetivo porque en aquel momento ni recordaba la voz del amo, ni había ningún rescoldo de la excitación que la había animado a hacer las pequeñas locuras de todas aquellas semanas, ni tenía valor para insinuarse ni siquiera con timidez al taxista. Pero en aquel momento su teléfono móvil vibró. Sólo una vez, corta, seca. Atravesaban una de las plazas habitualmente más concurridas del centro, pero desolada y vacía a aquellas horas, con toda la publicidad apagada y las aceras mojadas; sólo algunas sombras de personajes vagabundos y grises se adivinaban enroscados en sí mismos en algunos portales. La vibración del móvil se repitió a los pocos segundos y de nuevo como una autómata comenzó a moverse. Sólo tuvo que separar las grandes solapas de la gabardina, con dulzura, casi con despreocupación, y poco a poco sus dos grandes y blancos senos asomaron por encima de la tela gris, aún húmeda. Parecían dos lunas, dos grandes lunas en las que se hubieran incrustado dos granates gigantes, sus pezones enormes y oscuros, misteriosos, abiertos ahora a la mirada del taxista como una ofrenda sagrada. Él los observó desde el costado y pareció perturbarse poco con aquella acción. Con toda certeza, a lo largo de sus años de profesión habría visto y oído todo lo que puede dar de sí una correría nocturna. Su mirada era incluso un poco triste, de nuevo la de un padre que no quiere castigar a un hijo, pero no puede evitar el trance de la decepción. “Mujer… ¿qué hace usted? Tápese”. Sólo le faltó añadir “…que hace frío” pensó ella. Pero ya no podía cubrirse, se había desnudado sin vuelta atrás. La acción era irreparable; para aquel taxista ella ya sería, hiciese lo que hiciese, una salida, una loca, una hembra rara con comportamientos extraños… igual a tantas otras que de una forma u otra habían dado la nota en aquel taxi.
“¿Qué pretende, mujer? No se da cuenta de que estoy hartito de trabajar… ¿Quiere usted reírse de mí? No haga el ridículo, por favor, que es muy tarde; no lo haga por lo menos conmigo. Ya en el sitio al que usted va podrá hacer el numerito que le apetezca, pero cúbrase. ¿No se da cuenta de que puedo cruzarme con algún compañero y de que usted me pondría en un compromiso?” El taxista hablaba cortésmente, como quien ha dicho esta retahíla una y mil veces. Mantenía su mirada triste y para clarificar la situación apagó la radio, de forma que sólo se oía el ruido de los neumáticos al atravesar la calzada húmeda y los también tristes timbres que señalan el paso franco para los ciegos en los semáforos. “Yo soy un padre de familia al que le gusta su trabajo y que paga religiosamente sus facturas. Tengo dos chavales que están estudiando, uno ya en la universidad y el otro lo hará dentro de un par de años. ¿Cree usted que los habría sacado adelante si me hubiera dejado llevar por lo que se ve en la noche? En la madrugada todo vale y si yo hubiese querido hubiera ganado mucho más y mucho antes. Podría haber quitado hipotecas y evitado préstamos desde hace años. Pero yo quiero ser un hombre honesto. No quiero que ni mi mujer ni mis hijos puedan echarme en cara el día de mañana que yo fui un fullero o un putero”.
Otro relámpago cruzó la mente de la mujer: ella era una puta, no una puta cualquiera, era la puta de su amo, y él la gobernaba y podía exigirle que se entregara a quien quisiera, a aquel taxista o al hombre más tirado de la ciudad. Era puta y esto reavivó sus fantasías, aquellas que estaban ya tan perdidas ante un taxista que pretendía ser la persona más íntegra de su profesión y de la ciudad. Sintió calor y humedad en su vientre; apartó la gabardina y dejó que su pubis se abriese paso con su sensual oscuridad a través de la penumbra del taxi. Cerró los ojos y pudo oler su sexo, su propio sexo, con un olor limpio y a la vez sucio, sentía una agradable sensación en su dejadez. Tal vez aquel hombre fuera imperturbable, pero percibía que sintiéndose puta estaba por encima de él, que era superior a él. No superaría aquella prueba, pero ahora sabía que estaba a la altura de su amo y que no le importaba mostrarse, darse y reconocerse en una puta si con eso satisfacía los deseos de su señor. Pero esta sensación también cambió en segundos. El automóvil se había detenido y ahora eran unos dedos, gordos, un poco torpes, pero masculinos, los que acariciaban su sexo abierto. Reabrió los ojos con asombro y vio al taxista reclinado a su lado, con el dedo índice de su mano derecha apuntando y acariciando la boca de su vagina. Miraba arrobado sus senos y depositaba su mano izquierda sobre su muslo derecho. Aquello había dado un giro completo. Se habían esfumado los maridos íntegros y las familias modelo. Sólo había un hombre casi babeando frente a ella, destilando un deseo maduro, casi viejo y desordenado sobre su cuerpo. Lo dejó maniobrar un buen rato. Quería cerciorarse de que él no se echaría atrás, de que aquella erección que ella acariciaba por encima de su pantalón no se desmoronaría y de que al final ella podría reconducir la acción y presentarse ante su amo con la misión cumplida. Pero esta misión exigía cambiar de escenario; había que salir del taxi, entrar en aquel antro al que ya habían llegado sin ella darse cuenta y convencer al taxista de que la sodomizase. No parecía tan difícil como al principio de la carrera o como hacía apenas cinco minutos; sólo tenía que tomarle de la mano y sacarlo del coche. Antes lo apartó. Él intentaba besarla. Se compuso la gabardina, la estiró y salió del auto. Por un momento parecía que él no la seguiría. Ella llegó a pensar que había actuado con cierta precipitación y que él estaba a punto de huir de la tentación dejándola sola ante aquella puerta de color blanco y con el nombre de un club medio borrado. Pero los malos augurios no se cumplieron. Él descendió del coche, apuntó hacia el vehículo con el mando del cierre automático y tras el chasquido metálico que indicaba que las puertas estaban cerradas se acercó a ella y la abrazó, la fue acorralando junto a la pared y sus manos empezaron a buscar y a amasar sus senos con rudeza mientras su boca y aquel bigote canoso se acercaban a la de ella y se arrastraban con fuerza sobre su cara. El sexo del taxista, embutido en aquel pantalón vaquero barato se encajaba y friccionaba contra su piel blanca, contra su vello húmedo y excitado, pero no por aquel viejo desbocado, sino por alcanzar un objetivo del que jamás se hubiera creído capaz. Cuando él se iba a desabrochar el pantalón ella pronunció la primera frase en muchos minutos: “Aquí no”. Y dirigió su dedo índice hacia el timbre situado junto a la puerta. El taxista ni rechistó y los dos pusieron sus ropas en su sitio mientras esperaban que alguien se acercase a la puerta. Pero nadie acudió, sólo una voz a través de un telefonillo en el que no habían reparado les preguntó qué deseaban, a lo que ella respondió que tenía un reservado, que era Gálata. “Pregunta en la barra” y la puerta se abrió dejando a la vista una pequeña entrada empapelada hacía años con telas color burdeos, al menos originalmente, y con litografías de pintores impresionistas franceses. La luz tenue dirigía hacia el fondo, de donde provenían un leve murmullo de voces y una música ambiental suave. El taxista había sabido retomar una imagen digna, al menos varonil; había dejado de lado aquella postura de sátiro envejecido y la seguía como si estuviesen entrando en un museo o en un cine, casi con aire protector y educado.
La estancia en la que se encontraba la barra era una rara componenda entre prostíbulo barato y mala copia de un salón francés de principios del siglo XX. Cuatro mujeres hablaban, se reían en voz baja y cuchicheaban una historia que al parecer las tenía muy entretenidas. No mostraron curiosidad ninguna por la pareja que acaba de entrar. El barman, un inmigrante sudamericano formidablemente grande y bien vestido para aquel lugar le tendió una llave a ella sin que hiciera falta cruzar palabra. La llave tenía un número y las habitaciones hacia las que señaló el gigante de ojos oscuros y amenazadores también. El pasillo, a diferencia del resto del local, estaba casi desnudo, sin decoración alguna, el que por allí se introducía no necesitaba ambientes ni pistas; sólo el número de una habitación. La cuatro, la que correspondía a la pequeña llave que le habían entregado, estaba abierta. Era una habitación casi ciega. La ventana estaba cerrada y el mobiliario era espartano y sórdido, incluso aquel espejo muy nuevo que se encontraba frente al lecho grande, frío y desalmado. Ella supo desde el primer momento, al igual que había visto en tantas escenas policíacas y de géneros similares, que el amo estaba detrás del espejo contemplando todos sus movimientos. Él controlaría desde allí, era lo acordado. Sí ella superaba la misión él aparecería en aquel pasillo, en aquel cuarto y una nueva fase de su vida comenzaría. Hacía rato que no sentía frío, que su cuerpo era como el de una muñeca que ella accionase a su antojo para recrear escenas nuevas y extrañas. Pero tampoco tuvo mucho tiempo para hacerse con el aire de la habitación, ni siquiera pudo comprobar si había en aquel espejo alguna seña de que alguien les observara desde el otro lado. El taxista, una vez dentro, cerro la puerta casi con furia y le dijo al oído, en sordina pero con fuerza: “ahora ven aquí, que me la vas a mamar, puta”.
“Es él” se dijo ella de repente. “Es el amo” y se quedó paralizada, sin respuesta mientras él le quitaba la gabardina con violencia y la tiraba en la cama. Ella lo miró con terror mientras se encogía sin quitarse aquellos zapatos de tacón, desnuda con los zapatos de tacón, casi en postura fetal con zapatos de tacón. Él se desvistió también en cuestión de segundos. No podía ser. Cómo aquel amo que se dirigía a ella con tanta seguridad, con aquel aplomo, con aquella familiaridad en el ordeno y mando, iba a ser la misma persona que dejaba aflorar su cuerpo fofo y peludo, aquella barriga de cincuentón que no se ha cuidado en su vida, con aquellos calzoncillos que, en la línea del resto de la ropa del taxista, mantenían un cuño de años cincuenta y denotaban el mismo origen de mercadillo barato y cutre. “Me la vas a mamar, puta” y de un salto se puso a horcajadas sobre ella, dejando que su sexo grande, babeante y caliente le cayera entre los senos, que chocase con su barbilla, que rozase su boca. Ella miró hacia el espejo y dejó que el taxista introdujese su pene de fauno salido entre sus dientes y que al tiempo que lo introducía, le agarrase la cabeza por los pelos y la obligase a dejarse, a entregarse, a empeñarse en su placer. “Así no”, pensó ella, atenta a que él eyaculase antes de tiempo y sin cumplir a estas alturas con el encargo debido. Sin saber cómo lo hizo se desembarazó de aquel cuerpo que la atenazaba, un saco de vello adiposo, y empezó a cambiar de posturas sin saber en verdad cómo indicarle lo que ella quería. A un punto, ya cerca de la desesperación y ante el desconcierto del taxista que no atinaba a adivinar qué le pasaba, se colocó a cuatro patas y tomando su miembro se lo acercó a su trasero. Él se sonrió ampliamente, adivinando por fin lo que aquella torpe devorahombres pretendía. “¿Así que es esto lo que querías, zorra? Hay que ver qué puta eres, cabrona. Ven aquí, ábrete bien, que te voy a partir ese culo de cerda cachonda”. Ella lanzó un suspiro de alivio una vez que él por fin se había dado cuenta de lo que tenía que hacer. Pero apenas le permitió un respiro falso, corto y sin sentido, ya que segundos después sintió, primero el desgarro de un dedo, de dos dedos abriéndole la boca del recto impregnados de la densa saliva de una bestia ciega de deseo y, a continuación, casi sin tregua, el dolor más agudo de su vida. Él estaba dentro de ella, lo había conseguido, había sido desvirgada analmente y el círculo de sus responsabilidades se cerraba. Pero el dolor era tan intenso que casi le provoca el desmayo; la expresión de su boca se había roto en una mueca de dolor que pensó que la llevaba a la muerte. De repente ya no había amo, ni había nada. Ya no le importaba si la observaban desde detrás del espejo o el amo era aquel energúmeno que le estaba destrozando las entrañas. Cada segundo era una vida y una agonía. Pensaba que no podría aguantar ninguno más y sin embargo sí podía, claro que podía, y cada embestida le dolía un poco menos y ahora, casi sin alcanzar a respirar aún, ya abría los ojos y empezaba a sentir una extraña alegría y placer. Ahora sí podía, ahora incluso creyendo que se rompería entre una sacudida y otra de aquel animal, ya estaba segura de que había ganado la gloria. Fuera quien fuera el amo, ahora la ama, era ella.
2. La figura del padre
El joven tenía la expresión un poco ida, y parecía que le costaba centrar la mirada o, al menos, observar a quien le hablaba de frente. Su inseguridad le había acarreado una timidez que sólo superaba con los suyos o a instancias de los suyos. Cursaba el primer curso de la Enseñanza Secundaria Obligatoria en un instituto cercano a su casa, y esta casa se encontraba en un barrio modesto del sur de la ciudad; un barrio que había sido obrero hasta los años ochenta pero que, con la centralidad ganada a fuerza de un imparable proceso de crecimiento urbano, había dado en un sector más heterogéneo desde el punto de vista de su estructura social y con edificios de distintas épocas y calidades. Esto le gustaba. La ventana de su cuarto daba a una plaza llena de instrumentos para el divertimento de los niños, de bancos para los ancianos y de terrazas en las que se encontraban y bebían de forma cotidiana los hombres del barrio después de su trabajo. Aunque vivía en un quinto, las voces del bar al que pertenecían las terrazas llegaban poco amortiguadas y, por eso, los días de fútbol o de concursos para descubrir jóvenes promesas los sonidos de su televisor se convertían en la voz de su barrio. El cuarto del joven era compartido con su hermano mayor. Se trataba de un cuarto pequeño, propio de un piso de 59 metros cuadrados con salón, dos dormitorios, baño, cocina y lavadero. Un piso de los construidos como la mayoría de los de aquella zona a principios de los años sesenta y cuyos materiales originales habían sido sustituidos con el paso de los años, tanto en los elementos comunes del bloque (mármol en el portal, ascensor con puertas de cerrado automático, antena parabólica colectiva), como en los privados (suelos porcelánicos, ventanas de PVC cerrando las terrazas, puertas chapadas de maderas seminobles). La familia del joven vivía en el bloque desde antes de su nacimiento. Habían comprado la vivienda de segunda mano hacía unos veinte años y todos se encontraban a gusto allí. El joven había tenido una infancia feliz, extraña pero feliz. Habría dicho hasta hacía pocos años que su vida era como la de cualquier familia. Cuando uno no conoce otra realidad piensa que todos comparten las mismas vivencias y experiencias. Nunca faltó de nada en aquella casa. Sus padres se comportaban entre ellos con corrección, su hermano tenía con él las mismas discusiones que tienen todos los hermanos y la convivencia se organizaba siguiendo los mismos acontecimientos y ritos que jalonan las vidas de la mayor parte de las personas: recordaba con mucha nitidez el día de su primera comunión (incluso la de su hermano dos años antes); las Navidades, celebradas en su hogar como en tantos otros, con el hacinamiento al que durante unos días obligaba la llegada de su abuela de un pueblo no muy lejano y de una tía soltera, lo que les llevaba a extender una cama turca para él y para su hermano en medio del salón; o las vacaciones, entonces en casa de su abuela, en aquel pueblo caluroso, lleno de polvo y con el sempiterno canto estridente de las chicharras. Él iba al colegio como todos los niños, él hacía puzzles y tenía juegos de construcción como todos los niños y él quería a su familia como todos los niños. Con precisión él no recordaba en qué momento el amor de su padre empezó a ser diferente del que otros padres tienen por sus hijos, pero sí tuvo relativamente pronto la certeza de que se trataba de un amor con ciertas rarezas. Su padre lo quería, aunque también quería, suponía, a su hermano mayor y a su madre. No actuaba como una figura paterna lejana, pero tampoco demasiado interesada en los asuntos cotidianos de la casa. Siempre estaba ahí, o casi siempre, cuando no estaba de turno, y con su presencia patente proyectaba esa seguridad a prueba de todo que él adoraba en su hogar. Se llevaban tan bien, al menos en apariencia, todos en aquella casa, que era absolutamente normal que su padre juguetease con él a solas cuando, desde hacía muchos años, la madre acompañaba al hermano mayor a la escuela y padre e hijo menor permanecían solos durante el tiempo en que ella acudía a trabajar a una casa por horas. Luego, ella llegaba a casa cansada pero satisfecha de poder aportar dinero a aquella familia bien avenida pero en la que el sueldo de un taxista asalariado no alcanzaba para pagar una hipoteca con unos intereses por los cielos y la satisfacción de cuatro bocas. Él ahora aborrece aquellos recuerdos, pero durante muchos años, la felicidad era oír la puerta que se cerraba tras el “Hasta luego” de su madre y de su hermano y el cómplice sonido de los pasos de su padre descalzo llegando hasta su cama y actuando como si él estuviese dormido. Era un juego. Un juego en el que el niño se sentía querido y su padre también. Él sabía que esto no podía compartirlo ni con su madre, ni con su hermano. Formaba parte del amor familiar, pero iba más allá. La prueba que lo confirmaba como favorito y de que su padre lo adoraba. Lo adoraba tanto que tras jugar a que él estaba dormido o muerto debajo de la sábana, empezaba a olisquearlo y hacerle cosquillas con la nariz y con su bigote hirsuto: “mmm… aquí huele a muertecito”, “mmm… por aquí huele a niño dormido”. Le corría con los dedos sus piernecitas. “mmm… pues parece que muerto no está”. Pasaba sus dedos por encima de sus ojos, de su boca y la sábana actuaba como una película fina que separaba a modo de metáfora el mayor de los amores imaginables, el de un hijo y el de su padre. Se dejaba abrazar, se dejaba tocar. La lengua de su padre recorría los piesecillos que asomaban por debajo del cobertor, separaba los dedos, uno a uno, tan pequeños que podía introducir todo un pie del niño en su boca y hacerle cosquillas con sus dientes de forma muy suave en el talón. Después enroscaba la lengua en sus tobillos y deslizaba, desde abajo, muy poco a poco, la sábana hasta su medio cuerpo; entonces le quitaba su ropa interior, tan pequeña, tan tierna, tan infantil y le besaba su pequeño sexo, su pequeño trasero blanco y suave. Se volvía loco, pero de amor y de deseo, cuando lanzando un grito de pirata le arrebataba el resto de la sábana y se lo mostraba así mismo en su desnudez infantil. Justo en ese momento, el niño descubría un día más la desnudez madura de su padre abrazándolo y recordándole que nadie lo querría jamás como él, que no existía mayor amor que el de un hijo a su padre y viceversa y que ambos se tendrían hasta la muerte. No sabía sin embargo, y ni siquiera se lo cuestionaba entonces, qué papel tenía en todo aquel amor el sexo grande y duro de su padre, por qué se empeñaba en que se lo besase y se lo lamiese una y otra vez, no entendía, aunque sin duda era algo sublime que los unía, por qué su padre lo ponía finalmente sobre su pecho, le besaba con fuerza y vehemencia en su cara, en su cabeza, y mientras con su mano izquierda le acariciaba las piernas, su trasero y su espalda, con la derecha se batía en lucha con su propio sexo hasta que, al cabo de unos minutos en los que la expresión de su cara era a la vez terrible, ida, desordenada y perfecta, de repente en una especie de muerte efímera emitía unos sonidos guturales casi primitivos y un líquido espeso y viscoso se le escapaba con fuerza del sexo y aterrizaba como un disparo cálido en su piernas, en su trasero, en su espalda. Durante mucho tiempo, y junto a la cara de plenitud que instantes después se dibujaba en la expresión de su padre, esto era el máximo de la felicidad que el entonces niño se pudiera imaginar. Sólo quería que aquello se repitiera una y otra vez, mañana tras mañana, hasta el final de sus vidas.
* * * *
Qué complicado resulta conocer a las familias por dentro. El esclarecimiento de las reglas y de la asignación de roles que regulan sus relaciones internas se revela siempre una tarea difícil con independencia de lo pequeñas que sean y de lo convencionales que se nos antojen sus miembros. Cada unidad familiar merece una tesis doctoral. Pese a que desde fuera se contemple a sus componentes como si se tratara a menudo de una versión homogénea y concertada de miembros de distintas generaciones con pasados, memoria e intereses comunes, lo cierto es que, más allá de ese clima en apariencia tranquilo y seguro que se respira bajo el techo de cada hogar, se desarrolla una compleja urdimbre de lazos y empatías asimétricos, de dependencias enfermizas y de chantajes emocionales que hacen únicas e irrepetibles las filofobias que existen entre todos y cada uno de los miembros de una familia. Por eso, pese a tratarse de dos hermanos que ni siquiera se llevaban dos años de diferencia, ambos habían tejido su propia maraña de afectos, tanto con su padre, como con su madre y, por supuesto, entre ellos mismos. El mayor siempre había gravitado en torno a la órbita materna. Más vivo, más locuaz y más interesado, el acuerdo con la figura de la madre se le reveló mucho más ventajoso desde muy niño que la de su padre. Éste siempre trabajaba y siempre le recalcaba lo mucho que todos ellos le debían. “Mamá también trabaja” solía responder él, y era entonces cuando su padre sonreía hacia adentro y murmuraba “Sí, sí, claro que trabaja”. Hasta que un día esta defensa del esfuerzo materno en pro de la economía familiar la hizo delante de dos compañeros de su padre mientras compartían unas bebidas en el bar de la plaza y que, al quedarse solos en el ascensor, lo convirtió en merecedor de un bofetón y en un “A ver si te callas jodido deslenguado cuando tu padre habla con otros mayores”.
Su padre comenzaba el turno con el taxi después de comer y ya no lo volvía a ver hasta el día siguiente. A veces, por la mañana, cuando él se preparaba para ir al colegio, su padre entraba medio dormido en el baño y orinaba a su lado ignorando su presencia irrelevante. Él lo miraba de reojo, tanto porque le asustaba incomodarlo en aquella actitud somnolienta después de haber trabajado toda la noche, como porque le atraía sin remedio ojear a través del espejo el sexo de su padre. No podía evitar lanzar su mirada oblicua y escondida hacia aquel miembro que, aún más en su niñez, le parecía inmenso, oscuro, obsceno, algo que debía ser ocultado a cualquier mirada, pero que al mismo tiempo resultaba fascinante. Su padre apoyaba el brazo izquierdo en la pared mientras que su mano derecha sostenía y dirigía aquella fuente por la que manaba con tanta generosidad un líquido amarillo que rebotaba en la taza, que provocaba un ruido tumultuoso, viril, del que era imposible evadirse. Aunque años después descubrió que se trataba de todo lo contrario, el padre actuaba de forma ruda y aparentemente espontánea, como si estuviera solo, como si el pudor fuera un concepto que nunca hubiera tenido que ver nada con él. Al final, sacudía su miembro o se pasaba un poco de papel higiénico por su glande descubierto y lo quitaba de la vista ocultándolo en su calzoncillo blanco de algodón y retirándose sin abrir la boca de nuevo hacia su cuarto. Muchas mañanas, cuando se producía esta escena, el niño solía bajarse sus pantalones y observar con detenimiento su propio sexo, pequeño, infantil, blanco, rodeado de una piel albina, en la que nunca el sol había puesto su marca bronceada; y deseaba que aquello se convirtiese en algo grande y similar a lo que tenía su padre. “Espera unos años y verás” le aconsejó su madre un día en el que no pudo más y le preguntó sobre el asunto. “Tu padre también la tenía como tú cuando era chiquitito”, “¿Tú se la viste?”, “No, pero lo sé”.
La alianza con su madre rozaba la perfección. Comprensiva, cálida y todo lo amorosa que se puede esperar que una madre se conduzca con sus hijos; la suya sabía hacerle feliz desde la mañana a la noche. El mundo se acababa en la finitud de aquella relación en la que no había competidores, o al menos eso creía él. El padre, además, siempre había demostrado un cariño mucho mayor hacia su hermano pequeño, por lo que tampoco había rivalidades. Desde fuera, podían ser observados como una familia normal, sin fisuras, equilibrada y, si bien la pareja no formaba un matrimonio demasiado joven, tanto el taxista como su mujer pasaban de los treinta y cinco cuando se casaron, si criaban dos hijos hermosos y sanos. En una lectura interior, existía una simetría entre los cariños y las filias de cada uno de los cónyuges con cada uno de los hijos. Sin embargo, esta simetría se mantuvo sólo hasta que el mayor cumplió doce años y empezó a asomarle el bozo adolescente. Los encuentros que de vez en cuando se producían en el baño a la mañana entre padre e hijo se hicieron más frecuentes, aunque nada hizo pensar al niño que su padre los provocase intencionadamente, ¿o fue al revés? ¿fue la mirada de soslayo del ya no tan niño la que motivó a su vez un raro interés del padre en hacerse ver y en apoyar su cabeza contra el brazo izquierdo más tiempo del que duraba la micción o en acariciar el glande algunos segundos antes de hacerlo desaparecer bajo el calzoncillo blanco o azul de algodón? Se puede decir que el niño quedaba atrapado en aquellas escenas y que también detenía lo que hiciese -lavarse la cara o los dientes, peinarse- y observaba a su padre con menos tapujos. Una mañana el taxista se levantó cuando el niño aún no había salido de la ducha y se percató de que no era sólo bozo lo que cambiaba la cara de su hijo mayor, sino que también otros síntomas más evidentes confirmaban que había entrado en la pubertad y que su cuerpo ya no era el de un niño simplemente, sino que había empezado a cobrar formas nuevas y adultas. Sin embargo, el hijo se secó y se cubrió con rapidez, un pudor también reciente le hacía sentirse incómodo exhibiendo unos cambios casi secretos a un padre con el que no compartía casi nada. En poco menos de un minuto el niño, o no tan niño, se había vestido por completo, incluidos los calcetines, y el padre, en su postura de siempre, con los calzoncillos a media nalga mostrando el mismo trasero peludo de siempre, se hacía el remolón después de haber orinado como era su costumbre durante los últimos tiempos. Pero aquel día todo parecía distinto, las caricias que se propinaba durante breves segundos se estaban prolongando más de la cuenta, el adolescente se acercó al lavabo con ademán de peinarse, pero la imagen de su padre entró con violencia a través del espejo. Su sexo no parecía el de siempre, sino mucho mayor, más grueso; la forma de acariciarlo era más lenta, más precisa, distinta. Pero sobre todo, lo que resultaba diferente era la expresión de su rostro, con el bigote ligeramente contraído y los ojos ni cerrados ni abiertos del todo. Su padre volteó la cabeza y lo observó directamente, y a continuación giró el cuerpo y su enorme sexo excitado se encaró hacia el joven sin necesidad de ser observado con ocultación a través del espejo. La boca del niño estaba ligeramente entreabierta. No sabía si debía sentir miedo, placer o escándalo de aquella visión. “Ven aquí”. ¿Se trataba de una orden?, ¿de un premio? No se inmutó. El padre se movió, entornó la puerta y acercó al niño hacia la zona de la ducha, más protegida ante la posible llegada inconveniente de alguien. Por primera vez en muchos años, al menos que el niño recordara, el taxista acarició su pelo y su cabeza, siempre sin abandonar el estímulo de su pene con su mano derecha. “Llevas mucho tiempo mirándome la pollita ¿Quieres tocarla?” El joven seguía paralizado, no sabía lo que quería o mejor, sí lo sabía, pero le horrorizaba pensar que entrase su madre y lo encontrase tocando el pene de su padre; lo sentiría como una traición, como una deserción. Él pertenecía a su madre, aunque ella jamás le hubiese hecho ningún tipo de requerimiento parecido. La penumbra de la zona en la que estaban hacía que el latido del corazón del pequeño se le antojase más ruidoso que la radio que se oía de fondo, mezclada con otros sonidos familiares y tranquilizadores: cacharros en el lavabo de la cocina, la puerta del frigorífico al cerrarse, una ventana que se abre u otra que se cierra. En un segundo descubrió que aquel olor que le aturdía un poco era el olor del sexo de su padre, ese miembro casi con vida propia que estaba a muy pocos centímetros de su cara. No sabía cómo había llegado a aquella postura, él en cuclillas y su padre apoyado junto a la puerta. De nuevo la mano paterna agarró la cabeza filial y la acercó, entonces casi sin resistencia, hasta su pene. El glande que otros días le parecía una piedra brillante, ahora era un trozo de carne que desprendía calor al lado de sus ojos. La piedra, la carne, comenzó a palpar su cara, de forma torpe; resbalaba por las cuencas de sus ojos y a veces terminaba en su paso ardiente junto a sus orejas o su cuello. Todo acontecía allí en su cara, agrandado, monumental. Los testículos que en otras ocasiones había visto que colgaban de forma indolente se habían convertido en dos masas macizas y afianzadas a la base del miembro. No tuvo tiempo de disfrutar extasiado esta visión. Su padre le abrió la boca con lo que sin duda era un movimiento suave y a continuación le introdujo el pene. El adolescente no sabía que hacer y permanecía sin moverse. El miembro ocupó toda su boca casi asfixiándole desde el primer momento. Pero mil sensaciones más importantes y básicas que la falta de aire le invadieron. De un lado un gusto salado y agradable, junto a un cierto sabor a orina reciente; de otro un calor que le provocó una de aquellas erecciones tan frecuentes en los últimos tiempos; y de otro, una sensación nueva e inesperada, casi triunfal y que cambiaba su mirada del mundo y de su familia. Nunca había sentido celos de su hermano, pero ahora se encontraba feliz, a punto de perder la respiración, pero feliz por ser dueño de su padre. La lectura de la situación no lo llevó a percibirse como el sujeto pasivo de la acción, sino, al contrario, él era el que dominaba, el que abusaba, el que traicionaba a su madre y a su hermano y recobraba a su padre. Cómo prever si aquello tendría alguna repercusión en el futuro juego de fuerzas familiares; cómo confirmar que el pene de su padre dentro de su boca, con aquella pequeña furia desatada que hacía que se saliese, que hubiese que volver a reintroducirlo, constituía la prueba viva e irrefutable de que hasta entonces había estado equivocado y de que a quien realmente amaba era a su padre. En un momento, también rápido e inesperado, también acompañado de una expresión en la cara de su padre que no sabía si era de dolor o de dicha, y que sólo veía con mucha dificultad dada la postura, se abrió camino en su boca un sabor nuevo, fuerte, tremendo, asqueroso, que entraba en su boca, en su garganta, a través de un líquido cremoso, cálido, áspero. Varias arcadas estuvieron a punto de hacerle vomitar mientras escupía aquel humor invasivo y extraño que se enredaba en el vello púbico y en el de los testículos de su padre. Hubo unos segundos de desconcierto para ambos, pero el padre reaccionó con normalidad. Le recompuso la ropa, recogió el semen del suelo con papel higiénico y se deshizo del que se había enredado en su vello genital con rapidez, volviendo a esconder su sexo en los calzoncillos blancos, limpiando la cara de su hijo y sonriéndole con cierta beatitud. No había preocupación en su rostro, le ayudó finalmente a peinarse y, cuando el adolescente había recuperado un poco el color de las mejillas e incluso había sonreído un poco tras un abrazo inesperado, el taxista retomó el rumbo al dormitorio conyugal casi como todas las mañanas, aunque esta vez con un paso más contundente y fuerte. El niño se quedó mirándolo como quien observa un trofeo del que se siente seguro y orgulloso.
* * * *
Durante años el hijo menor se preguntó sobre la razón del cambio de actitud de su padre. Sabía con certeza que tenía que ver con su hermano mayor; las tensiones entre todos los miembros de la casa habían dado en un cambio de pactos y estrategias, pero éstas no cuajaron positivamente entre él y su madre, pero pudo percibir cómo se fortalecieron entre su hermano y su padre. Algo habría hecho mal, o su hermano habría hecho mejor. Al principio del cambio, que aconteció a sus diez años, no sabía poner palabras a lo que había sentido por su padre ni al tipo de relación física y amorosa que los había mantenido unidos. Pero al cabo de tres o cuatro años, cuando también él entró en la pubertad y empezó a interesarse por los entresijos de las relaciones sexuales, no tuvo ninguna duda de que, al menos desde sus recuerdos más antiguos, su padre no había mantenido con él una relación estrictamente paterno filial. Era cierto que la mayor parte de su camaradería se fundamentaba en juegos en común, en salidas a pescar los sábados los dos solos hasta un pantano próximo, o en mil actividades que se reservaban para sí; pero siempre existían esos momentos que no compartía con nadie, que no había confesado a nadie por extraños que le pareciesen, en los que su padre y él, desnudos, abrazados o acariciándose, terminaban dando vueltas en la cama o en la hierba, cómplices en un juego que desde luego sabía en absoluto inocente. Pero el niño vivía feliz, y aunque se preguntaba qué razones o querencias llevaban a su padre a acabar soltando aquel líquido cálido sobre su espalda, su pecho o su trasero, también sentía que esto redondeaba la situación, que era algo que jugaba a su favor. También sabía perfectamente que estas situaciones sólo podían darse en circunstancias muy determinadas y en el más profundo secreto respecto a su madre y hermano.
Cuando este tipo de encuentros se terminó, el niño pensó que había fallado a su padre en algo, y sólo cuando pudo llamar a la situación por su nombre, ya casi con quince años, su actitud de desesperanza se convirtió en odio. Lo podía ver por todas partes, en los periódicos, en la televisión. Sin cesar aparecían noticias de abuso infantil en todo el mundo, en el país, en la misma ciudad. Los protagonistas, siempre, o prácticamente siempre, eran varones, también como su padre de aspecto muy normal, padres de familia, profesores ejemplares, entrenadores deportivos y un largo etcétera de situaciones que evidenciaban estatus sociales variados e integrados socialmente. Cuando alguna de estas denuncias aparecía en los programas informativos en presencia de la familia completa, le resultaba difícil seguir aparentando indiferencia, esa indiferencia perfecta que mostraba su padre como si aquello no tuviese nada que ver con la relación que había mantenido durante más de ocho años con su hijo. Éste repasaba a menudo, e incluso apuntaba o registraba en un oculto archivo de su ordenador, las prácticas que su padre le había obligado a hacer; casi como si confeccionase un elenco de deudas que algún día obligaría a cancelar. Años antes jamás habría utilizado esa expresión: prácticas que su padre le había obligado a hacer; de hecho, él nunca se había sentido obligado cuando se recostaba desnudo sobre el pecho de su padre o cuando éste le acercaba su sexo para que se lo besase y lamiese; pero ahora lo revivía como si todo hubiese sido producto de una orden. Pese a esta ambivalencia, de lo que sí estaba seguro era de que aquello tenía que ver con un abuso. Por mucho menos de lo que él había padecido, testimonios de otros habían llevado al enjuiciamiento y encarcelamiento de individuos desaprensivos. Cualquiera hubiera interpretado aquel odio como el pago por el abandono o por haber sido sustituido como objeto de deseo y no por una estricta cuestión de abuso en toda regla, pero el joven había llegado a una cierta paz consigo mismo a partir de esta recriminación que, en todo caso, le eximía de cualquier culpa o responsabilidad. Esto le permitía mirar con cierta dignidad y entereza a su madre y, también, para sentirse con una superioridad moral respecto a su hermano. Para superar del todo la situación, especialmente cuando ya sabía que lo suyo había sido un caso de abuso sexual de menores, decidió buscarse pareja y la encontró en su medio más inmediato; en la misma clase de su instituto entabló una relación con una compañera de su edad. Con gustos similares y educación paralela, ambos eran la primera persona del otro sexo con la que intimaban. Él jamás le contó su pasado, que ahora se le antojaba tumultuoso cuando durante tantos años le había parecido lo más cercano a la felicidad; y entre el aula, el cine y los bares de adolescentes del barrio, confirmó que podía establecer, al menos en sus prolegómenos, un compromiso igual que cualquier otro individuo de su edad. Salían casi todos los días y, sobre todo los sábados, permanecían largas horas hablando hasta tarde. A menudo se besaban y tocaban, y él comprobaba que se excitaba y que la inapetencia sexual que le caracterizaba, sobre todo respecto a lo que alardeaban sus amigos y compañeros más próximos, que llevaban años masturbándose y que, incluso alguno, ya había practicado sexo con alguna pareja, no era tal, sino un simple bloqueo por culpa de la perversión de su padre. Su novia no tenía demasiada prisa, sobre todo al principio, por perder su virginidad, y aquellas tardes en los que abrazos y besos le llevaban a aquella excitación indudable y a un bienestar compartido, le proporcionaron una etapa de equilibrio y de energía encauzada. De hecho mejoró en los estudios y su madre, con la que también era más comunicativo, pensó que por fin estaba superando los problemas de su adolescencia. Casi hubiera podido decirse que era un joven normal si a punto de cumplir dieciséis años no hubiera sucedido algo que rompió aquella paz un tanto artificial. Fue durante un corto viaje de fin de semana con varios compañeros del instituto; era la primera noche que pasaban fuera de casa su novia y él. Ambos sabían, desde el momento en que decidieron y obtuvieron permiso para pernoctar en la sierra que aquella noche se enfrentarían a la prueba real. Ni siquiera lo comentaron entre sí, pero ella se preparó mentalmente, ya venía haciéndolo desde hacía tiempo, para acabar con su virginidad. Nada le hacía sospechar que su novio fuera diferente a otros; y si bien no era especialmente fogoso, a la práctica totalidad de sus amigas sus novios les habían conminado a entregarse sexualmente al poco tiempo de iniciar el noviazgo, cuando no el mismo primer día, tampoco podía tacharlo de insensible o de que la tratase con poco cariño. Incluso desde el punto de vista sexual también ella había apreciado, y tocado aunque fuera por encima de los pantalones, aquella dureza que estaba dedicada a ella. Sin embargo, la noche en que se vieron juntos en aquella tienda de campaña, con todo el frío que un mes de abril puede imponer en medio de la sierra, el final no fue el apetecido. Se abrazaron y se metieron juntos, y vestidos, en uno de los sacos de dormir. Se besaron y sus corazones latieron más deprisa de lo que solían hacerlo. En el bolsillo del pantalón, él había guardado dos sobres con preservativos y en el bolso de ella había un todo un pequeño botiquín de urgencia para acometer cualquier previsto o imprevisto de una primera relación. Él se excito, y ella también; como otras veces tocó sus senos y pasó sus dedos por la parte superior del sujetador antes de introducirlos y acariciar sus pezones con dulzura. Le quitó la camisa como pudo en aquel revoltijo de ropas y cuerpos y le desabrochó el sujetador para poder hundir su cabeza entre sus senos. Iba y venía de sus pezones a su boca poco a poco. Aquel camino lo conocía bien, no lo hollaba por primera vez. En cambio, el de la entrepierna era casi nuevo para él. Alguna vez lo había tocado, acariciado con las manos, de adelante hacia atrás, y de atrás hacia adelante, pero nunca sobre la piel desnuda. Sacó de su ojal el botón superior de los pantalones vaqueros de ella, y el ruido de las tiendas cercanas sonó un poco más cerca, varias parejas adolescentes se prestaban a juegos parecidos después de haber bebido una botella de güisqui y guiñarse el ojo unos a otros a sabiendas de lo que acontecería. Un autillo sonó cercano y ella se asustó contrayendo su cuerpo y él lo volvió a estirar, a abrir para él con una cierta parsimonia. Con un gran esfuerzo, los pantalones de ella dejaron sus piernas libres y él, con un gesto rápido, o todo lo rápido que podía hacerse en aquel medio, se quitó los suyos y los calzoncillos. De repente tenía prisa. Ella se cohibió un poco y sintió un poco de vergüenza ante la progresiva desnudez de ambos, aunque prácticamente no veía nada. El hundió la cabeza en su estómago y descubrió el limpio olor de su ombligo, de sus costados. Inició el mismo acercamiento que antes había hecho sobre sus senos, pero en esta ocasión sobre la cinta que ceñía las pequeñas bragas todavía de mujer adolescente. Deslizó el dedo corazón hacia el interior y entonces apreció el tacto más áspero y prometedor de su vello púbico. Ella no hacía nada. Dejaba hacer. Sabía que con una actitud pasiva no se equivocaría. Los chicos ya saben. Necesitaba que él la besara más, que no se centrara únicamente en su sexo, sino que también involucrase su mente, que sus labios y sus ojos no fueran espectadores lejanos de aquel acto en la penumbra oscura de la tienda. Pero él seguía acariciando su sexo, sus labios vaginales, desde luego con suavidad, pero también sin mucha pasión. Se asustó cuando comprobó que su erección hacía un rato que había desaparecido. Decidió despojarla de la última prenda que ya ella tenía, aquellas pequeñas bragas que intuía blancas, y la abrazó de nuevo. Ahora con más dureza. “Despacio, por favor”. Ella no comprendía. La manoseó entonces con más vehemencia. Le arrastró, casi la arañó, las manos por su espalda y sus brazos. Sólo después de algunos minutos ella advirtió que algo no iba bien y que aquella dureza que ella conocía a través de los pantalones no se percibía en la confrontación desnuda de ambos sobre aquel amasijo de ropa y de sacos de dormir. Durante varios minutos él no abandonó la esperanza de corregir la situación. Ella le encantaba, le gustaba. Había imaginado muchas veces aquel momento, aunque no sabía muy bien por qué lo había pospuesto varios meses. Y de repente, se encontraba en medio de una humillación vergonzante, más vergonzante si cabe por lo sonidos que procedían de otras tiendas cercanas, más vergonzante por la expresión de sorpresa, de incertidumbre y a la vez de consuelo de ella. “No pasa nada, no pasa nada”. No sabía qué debía decir o hacer. Una especie de gran tormenta que él esperaba sin saberlo desde hacía años se descargaba allí, y lo peor era que no lo abandonaría en mucho tiempo. En el contacto con ella no había aquella complicidad secreta y morbosa que siempre había experimentado con su padre. Llevaba ya cinco años convenciéndose de que odiaba al perverso de su padre, monstruo que había abusado de él desde que tenía un par de años; pero nada resultaba tan duro como aceptar que, pese a todo, y en medio de aquella confusión y zozobra, lo único que tenía claro era que no había ni de lejos tanta plenitud en el contacto físico de su novia, como en el que recordaba con su padre. Estaba en un callejón sin salida y se pasó más de media hora llorando junto a ella. Se sentía condenado a ser infeliz el resto de su vida por haber descubierto que lo más odiado había sido también lo único hermoso e intenso que podía reconocerse a sí mismo de su corta vida.
* * * *
Después de la experiencia del baño, al hijo mayor le costó varios días discernir la nueva relación con su padre, si es que esta nueva relación existía realmente y no se había tratado sólo de una acción puntual y sin continuidad. Pero pronto pudo comprobar que el poder sobre su padre no era casual. En la primera ocasión en la que se quedaron solos en casa a los pocos días, una tarde de sábado en la que la madre se desplazó al centro a comprar unos zapatos a su hermano menor, rápidamente percibió en la mirada de su padre sentado frente al televisor del salón que lo vivido días antes tendría continuidad. De hecho, la presencia en el aire de vibraciones eléctricas se había notado desde antes de que salieran su madre y su hermano. Él juntaba las fichas de un puzzle sobre una mesa cercana, montada ex profeso para que pudiera hacerlo con comodidad. Su padre sostenía una cerveza en la mano derecha, él estaba terminando de concluir el borde de la imagen: una gran perspectiva nevada de una pequeña ciudad alemana. Los sonidos, voces infantiles, músicas facilonas y adultos que reían, reproducían el mismo ambiente de todos los sábados. Su padre cambiaba de canal televisivo cada pocos minutos y le sonreía de vez en cuando mientras observaba los últimos preparativos de su mujer y su hijo menor antes de salir a la calle. “Espero volver antes de las ocho”, “No te preocupes, hoy no entro de servicio hasta las once. No gastes mucho”, “Gastaré lo que me pidan, ya sabes cómo gasta éste en zapatos y no le voy a comprar unos que le duren un mes”, “Yo también necesito unos nuevos”, “Pues vente con nosotros y te los compro también a ti”, “No… otro día”, “Entonces no te quejes si me gasto el dinero”. El pequeño movimiento de la casa, la mirada de su hermano, ahora a su padre, ahora a él, y el reloj dando las cinco crearon un cierto sentimiento de ansiedad en el hermano mayor que, absorto entre las piezas con formas entrantes y salientes, se sentía como alguien a quien iban a comunicar algo fundamental para su futuro. Cuando se cerró la puerta y se dejaron de oír las voces de madre e hijo al otro lado, se esparció por toda la casa un silencio denso y paralizante. Ni el padre cambió de canal, ni él movió una pieza más. La acción se congeló en aquella habitación, sólo las imágenes del televisor, cambiantes, coloridas, ruidosas, atestiguaban que el tiempo no se había parado. Al cabo de unos minutos, el padre dejó la lata de la cerveza en la mesa contigua y con los brazos abiertos y apoyados sobre el respaldar del sofá y con las piernas también abiertas lanzó un “¿Jugamos?”, “¿A qué?” contestó el niño con intriga expectante. “Ven aquí”. Se levantó con cuidado para no mover las piezas ya colocadas y se fue acercando hasta situarse a algo más de un metro de su padre, que le miraba fijamente y le sonreía. “No sé, a algo parecido a lo del otro día. ¿No te gustó?”. El niño no tenía respuesta a aquello. Claro que le había gustado, no todo, pero en sí, toda la situación le había encantado. No le agradó el sabor de aquel líquido nauseabundo en su boca, pero sí el resto; sobre todo le había enorgullecido ser importante para su padre y quería seguir siéndolo. Pero no sabía decírselo, como no sabía si aquello era bueno, que intuía que no, y tampoco estaba seguro de que este tipo de razonamientos fuese el que quería oír su padre. Además, tampoco parecía que éste esperase de verdad una respuesta. “Juguemos a que yo no puedo mover los brazos de donde los tengo” y ponía énfasis en su postura de brazos en cruz sobre el sofá. “Desabróchame el botón del pantalón”. El niño no tenía ninguna objeción en jugar con su padre; aquello era natural. Muchos padres jugaban con sus hijos dándoles órdenes absurdas y fuera de lugar. Aquello era distinto, pero no dejaba de ser una travesura entre un padre y su hijo. Además, para actuar no tenía que hablar, así que se acercó y no sin cierta dificultad a causa de la barriga de su progenitor desabrochó el botón superior. “Bien. Ahora haz tú lo mismo”. Esto le planteaba más dudas. Prefería que el objeto de exhibición fuese siempre su padre. Él no podía competir en nada y, sobre todo en los últimos meses, el sentido del pudor había arraigado en su cabeza a partir de la aparición de un poco de vello más oscuro en su pubis y de un primer cambio en su antiguo pene infantil, ya no tan pequeño, ya no tan blanco. Pero no se negó y también liberó el primer botón de su pantalón. El padre, al ver que el niño había tomado esta orden de forma diferente a la primera, reconoció la estrategia a seguir”. “Ahora desabróchame todos los botones que veas en mi ropa”. Al niño se le escapó una sonrisa. De un lado el centro de atención volvía a ser su padre y eso le tranquilizaba, de otro, la orden exigía una búsqueda, un verdadero juego y, sobre todo, el reconocimiento de una complicidad entre ellos que nunca había existido. Se acercó y buscó los botones de las mangas, pero ya estaban desabrochados. Se alzó a los que cerraban la camisa desde el cuello hasta la cintura y empezó a desabotonar uno a uno, hasta un total de cinco, el total de la prenda. La camisa abierta dejó ver el torso desnudo y familiar de su padre, lleno de vello, mucho de él ya canoso, y con dos grandes pezones protuberantes en medio de aquel bosque peludo. El ombligo abría un gran hueco en su barriga, también notable y oscuro, en el que se arracimaba una pelusa blanca de algodón y en el que cabían enteras y juntas las yemas de todos los dedos del niño. Al llegar a los botones inferiores el bulto cercano del sexo de su padre se presentaba rotundo y tensaba tanto el pantalón como el aire que los envolvía a ambos. “¿Ya no hay más botones? ¿Seguro? No sé. Busca cremalleras”. El juego era muy obvio, pero no por eso menos divertido. Con la postura de su padre en el sofá y el estado de excitación que exhibía, abrir la cremallera no se convertía en tarea fácil. El padre lo ayudó incorporando un poco la pelvis y el niño pudo coger así la solapa móvil del broche y correrlo hacia abajo. El olor del sexo de su padre volvió a entrar en su pituitaria recomponiendo la sensación placentera de unos días antes. Pero se apartó de nuevo esperando más órdenes. “¿A qué no puedes bajarme los pantalones?” El niño no sabía como atacar la empresa. No tenía cinturón puesto, por lo que con la cremallera bajada la labor debía de ser más sencilla, pero el padre inició una maniobra para impedírselo cuando él le asió con todas sus fuerzas por las trabillas del pantalón. El padre no debía hacer tampoco mucho esfuerzo, era prácticamente imposible arrebatarle los pantalones sin su colaboración; pero esto le sirvió para que el chico aceptase el primer contacto físico con menos precauciones. En un momento le cosquilleó en las asilas y cuando el niño estaba más despreocupado riéndose con su padre, en los brazos de su padre, notando el cosquilleo del bigote de su padre, este le bajó y le quitó las pantalones en dos gestos rápidos y con limpieza. De nuevo se produjo un cierto desconcierto del adolescente, pero como el padre continuase con las risas y las cosquillas, se dejó llevar y reanudó su risa confiada, confiada en que era dueño de su padre. Éste no tuvo tampoco muchos problemas para desenfundar la camisa del chaval y hacer como que le mordía el pecho y el estómago. De nuevo reintentó bajarle los pantalones a su padre y con la colaboración de éste lo consiguió, al menos hasta las rodillas y luego un poco más abajo. El padre hizo dos gestos y tiró cada zapatilla hasta los dos extremos del salón y levantó las piernas para que su hijo pudiese por fin arrancarle los pantalones. Entre risas de ambos, un poco nerviosas y no las habituales en otras circunstancias familiares, el padre se levantó y se acercó a la puerta de la calle. Colocó el cerrojo que, de alguna manera, venía a reforzar el grado de intimidad y seguridad de ambos. Cuando regresó al salón al cabo de unos segundos, observó a su hijo en calzoncillos, iguales a los suyos, aunque de varias tallas menores, y con calcetines deportivos. Él se quitó su camisa, que permanecía desabrochada sobre su torso y levantando un pie le dijo “Quítame el calcetín”. A lo que el hijo obedeció. “Ahora el otro”. “Ahora tú”. Estaban frente a frente en calzoncillos. “Bájamelos, pero despacio”. Su pene sobresalía de la prenda interior, de nuevo brillante, como una promesa de que ahora le pertenecía sólo a él, de que sería para siempre el hijo favorito. Esta vez todo resultó mucho mejor que la primera, pudo percibir a su padre mucho más afectivo, mucho más travieso, mucho más cómplice, mucho más suyo. Podía contemplar aquel enorme falo sin el temor a que su madre o su hermano irrumpieran dando al traste con la magia y la excitación del momento. Cuando ya había concluido casi la operación, su padre levantó los pies alternativamente para que el niño le retirase los calzoncillos y se acomodó de nuevo en el sofá. “Ahora tú”. Y aquello significó que había llegado el momento cumbre para ambos. Él creía que no podría hacerlo, estaba cohibido y empequeñecido ante un padre que parecía una escultura monumental ante él, y no tanto por el cumplimiento de ningún canon, sino por su capacidad para hacerle sentirse nada o casi nada. Pero al mismo tiempo se sabía protagonista de su deseo, catapultado hasta las estrellas. Lo amaba. Tuvo que ser su padre el que se incorporase y le retirase la única ropa que ya le quedaba. Entonces confirmó con detenimiento que el niño había dejado atrás la niñez, aunque tampoco se había convertido del todo en un hombre. Las pruebas del cambio, de un cambio que no había culminado, que se estaba produciendo en aquel momento, la ternura y al mismo tiempo la perversión que el sexo adulto aporta a nuestras vidas, le nubló la vista con una bofetada de excitación mayor. El sexo del hijo también estaba erecto. No era aquel pequeño miembro que tanto él como su hermano habían mostrado de forma inocente hasta hacía poco. Se estaba transformando en un sexo cómplice, consciente de que aquello no se trataba de un juego cándido. El niño no podía soportar más aquel examen de su cuerpo, incompleto, inmaduro, ni adulto ni infantil, y se abrazó a su padre empujándolo hacia el respaldo del sofá. Éste a su vez lo atrajo hacia sí y cerrando los ojos le espetó “Mi vida. Cómo te quiero, mi vida”. Al niño se le saltaron las lágrimas de felicidad, aunque el padre no lo vio, entre otras cosas porque arrastró su cabeza hasta su sexo, que de nuevo lo recibió con ese olor profundo y enloquecedor. Ya sabía que debía abrir la boca y que debía abrirla bien. El sabor ya no tenía aquel regusto a orín de hacía unos días, sino que predominaba aquella sensación salada que a veces deja el agua de mar en el paladar. Estaba de rodillas, de nuevo se ahogaba; una mano enorme recorría su espalda, le apretaba las nalgas y pasaba sus gruesos dedos por la delgada línea que recorría su trasero, un trasero que ya no era infantil, sino que mostraba curvas, que reclamaba la mirada, que prometía. “¿Quieres hacerme feliz?” dijo el padre abriendo los ojos y cortando los profundos suspiros que parecían acudir desde una recóndita caverna en sus pulmones. El joven asintió con la mirada, con la boca sin cerrar, con un hilo de saliva uniendo aún sus labios y el glande de su padre. “Trae la bolsa que está en mi mochila”. El niño se levantó, se cubrió su sexo, que le pareció escandaloso, tanto por su erección, como por la ridiculez de su tamaño respecto al paterno y se acercó a la mochila que colgaba de una silla. Apartando una solapa observó una pequeña bolsa de plástico y sin abrirla la acercó a su padre. El progenitor extrajo primero una pequeña caja con una braguita de chica adolescente. “Póntela” y dejó a un lado un pequeño bote con una especie de gel. A partir de ahí el niño se ruborizó con un rojo intenso que más allá de las mejillas le llegaba al cuello y se negó con la cabeza a vestir aquella prenda. Un choque de mensajes y claves producía una situación paradójica. ¿Cómo un padre que siempre había recriminado en sus hijos cualquier conducta que pudiera inspirar afeminamiento o cursilería podía pedirle ahora que tapase su completa desnudez con unas bragas de niña? El padre midió sus fuerzas y ante las dudas de su hijo cambió su expresión dulce y cómplice por otra seria y adusta. “Está bien, no te preocupes. Vístete” y comenzó él mismo a recoger sus ropas tiradas aquí y allá cerca del sofá y a ponerse los calzoncillos de nuevo. El hijo no podía consentir aquello, no podía perder aquello. ¿Cómo tener la felicidad tan cerca y dejarla escapar? Sin decir nada tomó las braguitas y se las colocó, no sin dificultad, porque eran de una talla pequeña, más pequeña que la que pudiera utilizar una niña con un cuerpo parecido al suyo. Su padre entonces lo atrajo así y lo abrazó, le llenó la cara de besos como probablemente no lo había hecho en su vida y le repetía sin parar “Te quiero mi vida. Te quiero muchísimo”. El niño no se percató, pero la mano de su padre, con dos dedos impregnados en una sustancia cremosa y suave, se coló entre la braguita, que terminó cediendo y bajándose, y su trasero. El padre acariciaba el ojo de su ano y el adolescente no podía todavía darse cuenta de lo que pretendía. Cuando el dedo índice de su padre se introdujo en su ano lo sintió paradójicamente en la garganta. Aquello le dolía, pero no podía quejarse; aquello le creaba una gran desazón, pero al mismo tiempo cuándo había visto a su padre tan interesado en él, tan entregado a él, tan solícito con él. El dolor aumentaba cuanto más hundía el taxista su dedo. El niño sólo veía delante de sí la nuez de su padre, su cuello con las venas henchidas y el arranque de su torso peludo. Los movimientos de la mano en su trasero lo zarandeaban, provocaban choques con el cuerpo paterno y de nuevo le acometieron sensaciones contradictorias, físicas y psíquicas. Estaba excitado, el niño comprobaba que su pene había crecido, engordado, con una sensación distinta y más completa que la experimentaba en su cama muchas noches. En un momento determinado, las dos manos paternas se juntaron para quitarle las braguitas. Sintió un gran alivio, pero a continuación el padre le abrió las piernas y le obligó a sentarse sobre su regazo. El falo duro, erecto y grueso de su padre se palpaba en su entrepierna. Ya casi había olvidado aquel miembro, y ahora también estaba impregnado de aquella sustancia con la que el taxista le había ido dilatando el ano durante algunos minutos. Su padre lo alzó e intentó que su miembro entrase con limpieza en el cuerpo del niño. Pero éste, tras comprobar la intención de su padre y la presión enorme y urgente que le propinaba el pene paterno, comenzó a llorar sin quejarse, sin abrir la boca, pero con violencia, con hipidos bien perceptibles. El taxista entonces lo atrajo hacia su pecho y lo abrazó. “Mi vida, yo te quiero hacer feliz. Yo quiero que seamos felices los dos. Mírame”. Su mirada, en efecto, no inspiraba terror ni expresión de exigencia. Más bien transmitía ternura. Semejaba la actitud de un padre cuando trata de convencer a un hijo de que algo que le resulta engorroso, molesto o doloroso es en el fondo algo bueno y fundamental para él. El hijo permaneció abrazado varios minutos a su padre. Su erección había desparecido, y su sexo adolescente aparecía fláccido y abotargado, en contraste con el de su padre, siempre enhiesto. “Sonríeme. ¿No te gusta que juguemos tú y yo? Lo hemos hecho muy poco y yo quiero que seamos amigos”. Al niño le costaba sonreír, pero tras algunas frases tranquilizadoras, casi lo consiguió. “¿Quieres que lo dejemos?” y el niño movió la cabeza negando. “Vamos a hacerlo de otra forma”. El padre, con movimientos obsequiosos y suaves recostó al niño boca abajo sobre el sofá, de forma que el trasero fuese fácilmente accesible a su cuerpo. Se puso sobre él evitando que su peso recayera directamente sobre su espalda y aplicó de nuevo aquella crema que todo lo suavizaba sobre su miembro y en el ano de su hijo. Con delicadeza repitió el intento de penetración. Poco a poco, muy poco a poco, su grueso miembro se hizo paso a través del ano filial. Él ya no lo veía, pero el niño tornó a llorar de dolor casi de inmediato. Sólo se le ocurrió una cosa, morderse el puño. Creía que otro dolor mayor podría desviar su atención y comportarse tal y como su padre esperaba que lo hiciera. De hecho, al cabo de unos minutos, cuando las embestidas de su padre eran mayores, rítmicas, pero desde luego con el mismo carácter amoroso que le hacían llegar sus frases, el dolor comenzó a remitir poco a poco. La molestia no desapareció, pero cuando su padre le introdujo un dedo en su boca, apartando el puño, y haciendo que el niño se concentrarse en succionarlo igual que había hecho con su miembro minutos antes, poco a poco volvió a percibir la sensación de que ganaba a su padre, de que había conseguido superar una prueba casi religiosa, iniciática y dura. Se sentía una especie de mártir y, a la vez, de triunfador. Su padre lo amaba, lo adoraba, y cuando al final llegó al orgasmo y eyaculó en el interior de su hijo, la sensación de plenitud cayó de nuevo como una nevada fina sobre aquel salón, aquel escenario de ropas esparcidas y que, visto desde el techo, sólo ofrecía una cálida imagen de dos personas que se quieren. El cuerpo peludo del padre, con su trasero también grueso y su espalda osuna, se amoldaba y cubría el todavía pequeño cuerpo de su hijo como la concha protectora de una lapa. Nada interrumpió la felicidad durante varios minutos. El hijo tenía dentro de sí el líquido fecundo de su padre. Nada se asemejaba a como le habían explicado las cosas, aunque sólo fuera por encima, en las clases de educación sexual del instituto, pero sin duda transformaba los cuerpos en algo mucho más glorioso, eterno e inmutable de lo que pudiera haber imaginado nunca en fantasía alguna. Todo el tiempo que su padre permaneció dentro de él, ya quieto, sólo acariciándole la boca y los costados, le pareció el momento más hermoso de su vida. El alivio físico que sintió cuando su padre sacó su miembro de su cuerpo no pudo contrarrestar el sentimiento de pérdida, aunque supiera que sólo fuera temporal. Aquella entrega daba ahora un sentido nuevo y global a su vida. Había nacido para amar y ser amado por su padre.
3. La voz de su amo
Las relaciones sexuales entre el hijo mayor y su padre duraron casi tres años. El primer año no fue otra cosa que ahondar en ese camino de plenitud. A partir del segundo, el hijo adquirió un cuerpo más adulto, más hecho, más varonil, con los rasgos más marcados y con un volumen también mayor. De hecho, superó a su padre en estatura cuando no había cumplido los catorce años y su voz se hizo mucho más ronca, al teléfono se le podía confundir ya con un adulto. El taxista, poco a poco, empezó a ver un hombre en su hijo. No le gustaba, al principio, que sus piernas se llenaran de vello, que su sexo también creciese y se asemejase al de una persona madura, incluso al suyo, y mucho menos le gustaba que muy pronto para su edad, aunque igual que le había sucedido a él, apareciesen pelos en su torso, en torno a las tetillas y al ombligo, y que la barba se le fuese haciendo también más visible y cerrada. Desde el punto de vista estrictamente sexual, los cambios en el cuerpo de su hijo mejoraban su adaptación a cualquier tipo de prácticas, pero esto beneficiaba y compensaba sólo al adolescente, ya que al padre aquellos problemas de acoplamiento de los primeros tiempos, aquellas situaciones de dolor superadas con lágrimas y amor, le estimulaban y hacían más gratificante los encuentros. Entre tanto, el carácter del niño había cambiado por completo. Si en la infancia había sido alegre y dicharachero, el hecho de sentirse feliz en la nueva relación con su padre no evitó que se transformase en un chico más reservado e introvertido. Pero quién iba a sospechar que esto fuera algo más que las típicas mudanzas que se producen durante la pubertad. Con todo, sus rarezas se acentuaron poco antes de cumplir los quince años, época en la que el padre desistió de seguir manteniendo la complicidad sexual con él. Cuando alguna vez se quedaban solos y no se establecía esa rara química en el aire que terminaba en sus juegos privados, el hijo miraba a su padre y éste o no le devolvía la mirada o simplemente le espetaba un “¿Por qué me miras así?”. En una ocasión, después de haber cumplido los quince y con varios meses sin hacer el amor, aquel amor suyo, él tomó la iniciativa y se arrodilló frente a su padre en calzoncillos de forma inesperada con el objeto de pasarle su cara y su lengua por encima del pantalón. Pero su padre lo apartó con rapidez y desapego “¿Qué haces? ¿Qué mariconadas haces? ¿No te ves un poco mayorcito para seguir jugando como un niño? Búscate una novia que ya tienes edad”.
El chico se incorporó y corrió al baño, no quería que su padre lo viera llorar. Entró en aquel viejo baño que no había sido reformado desde los años setenta, con sus azulejos beis y su mueble espejo, con sus lámparas de neón y sus cortinas de ducha con volante. Iba a llorar, pero lo que proyectaba aquel espejo era la imagen de un hombre, un hombre joven, pero con rasgos muy varoniles, con su barba incipiente y su pecho y vientre casi cubiertos por un vello negro, al fin y al cabo mucho más apto para la reproducción que aquel pecho cano y fofo de su padre. En los calzoncillos se apreciaba el bulto de su sexo, que aunque retraído por la escena sobresalía bien presente. Lo abrió y descubrió su falo, que ya poco tenía que envidiar al paterno, también grande, más oscuro y rodeado de mucho vello en el pubis, en las ingles… ¿Quién era ese que asomaba al espejo? En aquel instante decidió con plena conciencia de lo que hacía que una etapa se había acabado y de que aquel cuerpo, la promesa de aquel cuerpo, no finalizaba en aquella ruptura con su padre, tan largamente anunciada durante el último año.
Sin embargo, y junto a esta elaboración mental y capacidad de entendimiento realistas de la situación, en ningún momento, tal y como lo hubiera hecho su hermano, se identificó con un adolescente objeto de abusos sexuales. En esto tenía el convencimiento pleno de que la relación se había planteado en condiciones de igualdad y de que no había habido ni seductor ni seducido, ni reglas de juego distintas para ambos. Su padre, sencillamente, había dejado de quererlo.
En las semanas siguientes se refugió en sí mismo y apenas tuvo relación directa con otro miembro de la familia más allá de las conversaciones durante la hora de la comida. Le sorprendió la facilidad con la que su padre mantenía una actitud de normalidad, de que allí no había pasado nada y de cómo de repente lo único que le interesaba de él eran sus estudios y el tiempo que dedicaba a navegar por internet en Dios sabía qué tipo de lugares. Pero más se sorprendió a sí mismo al comprobar que la vida seguía, que en la aparente cotidianeidad de su hogar, en la que sus componentes nunca habían estado más lejos unos de otros, todo mantenía un tinte acogedor y que, incluso él, que creía que no habría más allá de aquella relación con su padre, podía y hacía una vida nueva a través de aquellas sesiones de ordenador. ¿Una vida virtual? ¿No había sido en buena medida una relación virtual la que él había tenido? Más allá de la relación física con su padre, y observado con cierta perspectiva, los casi tres años que habían durando sus encuentros secretos, no habían consolidado una comunicación real entre ambos, sino un juego de roles, sobre todo por parte de su padre, ahora percibido como un individuo egoísta e incapaz de involucrarse en cualquier sentimiento profundo. Entonces dedicaba muchas horas a indagar en páginas oscuras y a contactar con hombres sin rostro en los chat de Internet, pero éstos no eran sin duda menos reales que aquel sueño ya pasado de comunión perfecta, y falsa, con su padre; sin embargo, nunca acordaba un encuentro real con ninguno. Temía que su excesiva juventud les asustase.
Durante las noches, permanecía durante horas en el salón de cara a aquella pantalla en la que encontraba rumbos nuevos a su imaginación. Alguna vez, cuando su padre volvía de su trabajo de madrugada lo encontró apostado y con la vista fija en el ordenador. “Tengo que entregar un trabajo en el instituto”, pero tanto él como su padre sabían que aquella era una mentira en toda regla y que ni siquiera pretendía convencer, sino más bien mostrar un cierto desprecio hacia la figura paterna y una prueba de que ya no lo necesitaba en su orden de perfección.
El contenido de las páginas que consultaba tuvo que ver al principio con algunas de estricto sesgo pornográfico; pero pronto comprendió que las que le gustaban y conseguían excitarlo eran aquellas que incluían hombres que sometían a otros hombres. Encontraba un poco ridículo el atrezzo de arneses, fustas y pantalones de látex y cuero, pero le fascinaba la idea de pertenecer a otro hombre y dedicarle su dolor. Se imaginaba a sí mismo atado, desvalido, desprovisto de toda defensa frente a alguno de aquellos hercúleos y duros amos que con mirada despectiva insultaban, azotaban o penetraban a sus siervos. Aquellas escenas de hombres sudorosos, amordazados, con la ropa hecha jirones o con el pelo desbaratado de los tirones que les propinaban, ejercían sobre él un hechizo difícil de eludir. Se paseó por cientos de páginas web que mostraban, casi siempre con una estética norteamericana, relaciones asimétricas, dependientes, malsanas y perversas; pero que entusiasmaban su cerebro y le llevaban a maquinar fantasías una tras otra. Ya tenía dieciséis años cuando descubrió en un registro de contactos la existencia de un tal EXIGENTE46. Las fotos que exhibía eludían la cara, pero mostraban a un hombre maduro, con un buen cuerpo, probablemente deportista y con una perilla entrecana… el único aspecto que se veía con claridad de su cara. “Busco esclavos dispuestos a todo. No importa si tienen experiencia o no. Yo adiestro y domo, pero pido sumisión total”. “Edad: 46″, “Altura: 1,80″, “Peso: 84 k”, Había otros datos, algunos absurdos, algunos sólo comprensibles por los modelos anglosajones que inspiraban las páginas de contactos: “Circuncidado: No”, “Raza: Caucásica”, “Signo Zodiacal: Aries”, “Tamaño del pene: Medio”, “Rol: Activo/dominante”, “Interesado en personas entre: 18 y 49 años”, “Drogas: Nunca”, “Fuma: Sí”, “Bebe: Sólo socialmente”, “Complexión: Definida”, “Aficiones: Prefiero no decir”… Como en otras ocasiones cuando encontraba a alguien de su interés, le remitió un mensaje corto: “Hola. Yo 18 y obediente, 1,84 y 75 k. Busco amo que me adiestre”. No le preocupaba que aún le faltaran casi dos años para llegar a los dieciocho años, todo el mundo pensaba que era mayor. Al día siguiente encontró un mensaje de EXIGENTE46 que sólo decía “Foto”. Le remitió una imagen del verano anterior en la que estaba junto al río que atravesaba el pueblo de su abuela, con un gran chopo a sus espaldas y la bicicleta recostada junto al pretil del puente. “Más fotos y sin ropa”. Tomó la cámara de su hermano y se metió en el baño hasta hacerse cinco fotos en las que se ofrecía en distintas posturas, parecidas a las que observaba en las páginas de la red. En una mostraba el torso; en otra, de espaldas en el espejo, se veía su trasero y su espalda junto a un fogonazo del flash; otras dos lo mostraban de frente, tomadas con el temporizador, y la quinta ofrecía su miembro en erección. No creía aún que llegara a conocer a EXIGENTE46, pero al hacerse las fotos se proveía de un recurso que le sería útil con otros contactos. La foto del verano, ya usada en varias ocasiones, no satisfacía a los que reclamaban un mejor conocimiento de su cuerpo y de su cara. Así que con estas fotos establecía un fondo de archivo mínimo. Al día siguiente de remitir las fotos el amo le comunicó una hora y chat determinados para encontrarse y comenzaron así a establecer un conocimiento directo a través de la pantalla del ordenador que se concretó en unas reglas precisas de entendimiento. El joven se comprometía a iniciar una fase entrenamiento y el amo le diría si aceptaba su instrucción tras comprobar su actitud en la primera cita. Establecieron los límites a los que el esclavo estaba dispuesto, y que se circunscribían a aspectos tales como no dejar marcas visibles o muy duraderas de las prácticas a las que le sometiese durante las sesiones y excluir la aceptación de órdenes relacionadas con la escatología mayor, aunque también a EXIGENTE46 le repugnaba el incluir excrementos en sus actividades sádicas. El amo asumía la inexperiencia del joven y éste se comprometía a satisfacer, en las medidas de sus posibilidades, todos los requerimientos a los que fuera sometido por su señor o por quien él designase. El amo impuso a su vez unas palabras clave, “Rojo”, que el siervo pronunciaría cuando no pudiera soportar más el castigo que se le estuviese aplicando, o “Amarillo”, que anunciaría que necesitaba un respiro. Todas estas cuestiones, la negociación previa, el carácter pseudo militar de EXIGENTE46, así como la fantasía de experimentar anticipadamente todas aquellas escenas de entrega total, sumergían al joven en un estado de excitación casi permanente. No pasaron más de tres días hasta encontrarse por primera vez, pero fueron tres días vividos en una nube y ante una perspectiva nueva. Todo había desaparecido o perdido valor para el joven: los estudios, su padre, su casa. Sólo tenía cabeza, según lo prometido, para aquel amo de voz profunda, tal y como conoció el día que lo llamó para emplazarlo a una hora y sitio concretos.
El barrio en el que vivía EXIGENTE46 estaba relativamente lejos. Tuvo que tomar dos autobuses desde su casa y le preocupaba la hora de vuelta y en qué condiciones. Pero no quiso que estas cuestiones le entretuviesen y, mucho menos, que amenazaran aquel estado de excitación que más se parecía a una especie de borrachera. Había buscado la dirección y tenía un plano con el que se orientaba en una urbanización de casas adosadas con jardines jóvenes que evidenciaban una ocupación reciente. Cuando encontró la calle del amo, el corazón le empezó a latir con una taquicardia que le asustó y cuando se situó ante el número y el timbre de destino, una zozobra le hizo incluso temblar las piernas y las manos. La casa era de color blanco, igual al resto de las que se acoplaban una a una en la calle con forma de media luna. A diferencia de otras, no tenía macetas ni azulejos colocados con posterioridad a su construcción en la fachada o en el porche. La tarde empezaba a caer y una sensación de desarraigo salía de aquellas construcciones a medio habitar. El timbre sonó en el interior de la casa, claro, nítido, y una luz se encendió en el zaguán antes de que se abriese la puerta. EXIGENTE46 era un hombre de aspecto normal, más bien alto, aunque no tanto como el joven, y fuerte. Lo que más llamó su atención fue la ausencia de terribilidad en su mirada y, al contrario, el saludo afectuoso y sonriente que le ofreció diciendo su nombre al abrir la cancela. El amo no se sorprendió de su juventud, prueba de que no sospechaba que aún no había cumplido los dieciocho años, y al apretarle la mano sí lo hizo de forma intencionadamente intensa, marcando territorio ya pero sin perder la sonrisa. Una idea cruzó fugaz la mente del joven, una idea de la que no se sentía dueño pero que le clarificaba la situación “Hubiera preferido que tuviese bigote”. Se dio cuenta de lo absurdo y sin sentido de la frase, e incluso le molestó que la figura de su padre de repente irrumpiese en aquel encuentro con el que no tenía nada que ver, pero pronto lo olvidó porque tanto la expresión como los rasgos de EXIGENTE46, al que desde entonces llamó Señor, le causaron una buena impresión, tranquilizadora, confiada, noble.
El interior de la casa también probaba que su dueño se había mudado a ella hacía poco tiempo. En algunos lugares faltaban muebles, debajo de una escalera se apilaban cajas sin abrir y en los techos de muchas habitaciones no había lámparas. Se adivinaba un gusto más bien austero, pero que no renunciaba al diseño, al menos al joven le pareció que todo destilaba una cierta elegancia. Lo pasó al salón “Puedes dejar la mochila ahí”, le indicó que se sentase “¿Te hiciste un lío con los autobuses? A mí al principio me costaba la misma vida llegar con el coche hasta aquí”, y le puso por delante, sin consultarle, una cerveza. Seguía con la sonrisa y tras unos segundos en silencio le espetó: “¿Qué piensas? ¿Mantienes lo que me prometiste en el chat?”. Como él asintiera con la cabeza, inmediatamente los rasgos de EXIGENTE46 mudaron de expresión. “Desnúdate”. El joven se puso en pie y comenzó a sacar la camisa de los pantalones con calma. Una mezcla de vergüenza y sentimiento del deber se mezclaban en su cabeza a partes iguales: ahora sentía las mejillas calientes, ahora un frío glacial en las manos. El amo se incorporó, se acercó a él y le propinó un bofetón que sonó raro en el ambiente cálido y cordial que había imperado hasta hacía apenas un minuto. “¿Te crees que tengo todo el día para ti, cabrón? Aligérate”. El joven aceleró el ritmo de despojarse de la ropa. Cuando al quitarse el jersey perdió de vista un momento a su amo, sintió un golpe seco y fuerte en su estómago y al contraerse por el dolor una lluvia de manotazos y un par de patadas le recordaron que no estaba allí como una simple visita. “Vamos, puta, que eres demasiado lento”. El amo se sentó y el joven retomó la tarea de desnudarse, ahora con rapidez. Su vestimenta quedó apilada de cualquier manera sobre un sofá y permaneció unos segundos complemente desnudo con actitud de respeto y mirando al suelo, tal y como le había indicado con anterioridad en las charlas de internet nocturnas que sería su postura. “Echa tus manos hacia atrás. No estás mal de polla, nada mal. ¿Pero aquí que polla es la única que vale?” El joven reaccionó con cierta torpeza “La suya”. El amo se levantó como activado por un resorte y le dio otra sonora bofetada. “La suya, Señor. Se termina cualquier frase con la palabra Señor. ¿Te enteras, pedazo de cabrón?” Le había cogido el cuello con el brazo y le tiraba del pelo con fuerza. “Sí, mi Señor. La suya Señor”. “Pues a ver qué sabes hacer con ella”. El joven se arrodilló frente al amo y comenzó a desabrocharle los botones del pantalón; consiguió con dificultad descubrir los calzoncillos y, retirándolos de arriba abajo, descubrió su miembro. No estaba excitado, o al menos no estaba muy excitado. Sólo cuando su lengua y su boca se aunaron en el oficio de la felación y, sobre todo, cuando el propio amo empezó a pisarle sus pies desnudos y a observar su expresión de dolor contenido, notó que aquel falo cobraba vida y volumen, aunque desde luego no podía compararse al de su padre. De nuevo la imagen de su padre interfirió en aquel momento casi místico y le desagradó. El amo se desnudó del todo con brío y le condujo a otra habitación. Era una habitación de invitados pero también a medio amueblar, incluso menos que el resto de la casa. En ella había una cama y estanterías, de ellas colgaban instrumentos de bricolaje y otros utensilios. Pronto descubrió una caja de herramientas de las que empezaron a salir objetos e impedimenta variados. El amo le tumbó en la cama y comenzó un largo y ritual proceso de ataduras. Llevaba un buen rato sin dirigirse a él ni aplicarle castigos. Casi se diría que la empresa la hacía con cuidado. Pudo así observarlo mejor y comprobar que conservaba un cuerpo cuidado para su edad, en todo caso mucho más definido y cuidado que el del taxista. Exhibía un hermoso torso velludo, aunque no tan peludo como el de su padre, que tenía vello en la espalda, en el trasero y en casi todo su cuerpo. Los brazos y las piernas del amo eran más largos y mejor formados y su cabeza, pese a que tampoco conservara mucho pelo, era sin duda hermosa. Llamaban la atención sus manos limpias, pulcras, con unas uñas perfectas y bien recortadas. Aquellas manos de profesor o de abogado, aunque resultó ser cirujano, no recordaban en nada las toscas y torpes manos paternas. Se sentía a gusto en aquella cama, notando como sus miembros se liaban con cuerdas de distintos tamaños. Estaba así atado a los barrotes, pero también otras cuerdas aprisionaban sus testículos y pene, estrangulándolos, alterando su color, que devenía en un tono violáceo, y su textura, estirada, casi a punto de estallar. Su cuello, en cambio, había sido rodeado con un collar canino, con púas y elementos metálicos que le molestaban cuando debía mover la cabeza. Las manos, el torso y el pene de su amo lo rozaban con cada movimiento para aprisionarlo con más fuerza y cuando esta tarea estuvo terminada, EXIGENTE46 sacó un par de pinzas especiales que le aplicó en los pezones. Se trataba de unas pinzas que al accionarse mediante la tracción hacia fuera se apretaban más a la carne sensible del pezón y provocaban un dolor agudo que, sin embargo, le proyectaba a sensaciones de una intensidad nunca conseguida, ni siquiera cuando practicaba con el amo a través del chat con pinzas de la ropa. No supo si aquel juego duró minutos u horas. Le vendó los ojos, le aplicó cera ardiente en los pezones cuando ya no podía soportar ni un segundo más las pinzas. Se había prometido no pronunciar las palabras “rojo” o “amarillo” y lo consiguió a fuerza de soportar que los pezones se le quedasen en carne viva. Pero el amo sabía lo que hacía. En un momento, sin quitarle la venda, lo desató por completo y le dio la vuelta. Entonces fue un incontable número de azotes propinados con un cinturón en sus nalgas lo que lo devolvió a la lucidez, ahora con la hebilla, ahora con el otro extremo. Al cabo de un rato, los golpes caían también en su espalda, en sus muslos, en sus brazos. Iba a desfallecer, pero una vez más el amo conocía el límite y cuando parecía que no podía más dejó de oírse todo ruido, sólo el amo abriendo armarios o algo parecido al fondo de la casa. Caminaba tan sigilosamente que cuando de nuevo se percató de su cercanía ya lo tenía de nuevo encima. Lo incorporó a cuatro patas y le introdujo por el ano sin pausa alguna tres cubitos de hielo, elemento que le costó reconocer al joven, pues desconocía aquella sensación tan rara en su recto. Tampoco tuvo tiempo para pensar mucho más, el amo lo acometió con brutalidad, como jamás lo había hecho su padre, y le espetó su miembro mientras el emitió el único aullido de toda la tarde. Lo había resistido todo. No podía permitirse fallarle en lo que consideraba el verdadero acto de toma de posesión. Aguantó y esperó a que llegara el alivio cuando su esfínter se dilatara, tarea que el hielo no facilitó ni apresuró. Pero lo logró y el amo tampoco tardó en eyacular en medio de un bronco jadeo y de mordiscos a su oreja derecha. Después todo cambió, EXIGENTE46 volvió a sonreír mientras se despojaba del preservativo y lo arrojaba atado por un extremo a una esquina de la habitación. “No ha estado mal para ser la primera vez. Te quedan bastantes pruebas por superar para ser de verdad mi esclavo, pero no tienes mala madera. Vete al baño y córrete”.
* * * *
El amo imponía una especie de período de aprendizaje para llegar a ser una especie de esclavo oficial. El joven no era el único aspirante a tal rango. En el pasado, EXIGENTE46 le comentó, había tenido dos esclavos que no olvidaría nunca, entregados, dóciles, resistentes, suyos. Uno decidió acabar con aquella relación de sumisión después de cinco años y el otro, el preferido, había muerto en un accidente de tráfico ocho años atrás. Al parecer, el golpe había sido tan fuerte que durante mucho tiempo el amo no volvió a establecer relaciones de este tipo. Hacía sólo un año que conectaba a través de internet con posibles aspirantes a entrar a su servicio. Se quejaba, no obstante, de que las conversaciones de los chat eran muy intrascendentes, que aunque muchos tuvieran alma de esclavos, lo único que pretendían era excitarse y masturbarse mientras calentaban a un amo al que, en realidad, no pensaban entregarse en su vida. EXIGENTE46 le hacía estos comentarios en las largas parrafadas que le soltaba después de sus sesiones vespertinas. Durante cerca de un año lo reclamaba una vez al mes, dos a lo sumo, lo sometía a pruebas de distinto calibre y después le gustaba recostarse con él y tomar juntos un café, una cerveza o un refresco. Pasaban de la brutalidad a la intimidad sin apenas transición. Después de eyacular, el amo se volvía amable y simpático y se interesaba por los estudios del joven y otras cuitas cotidianas. Éste adoraba a su señor. No sabía si podía llamarlo amor. Conocía otros chicos que entablaban relaciones estables, pero las referencias y comparaciones con la suya resultaban imposibles. Para empezar, no se trataba de una relación simétrica. El amo tenía en aquella época, que el joven supiera, al menos otro esclavo al que daba tanta o más importancia que a él mismo. Además, y pese a aquellos momentos de relativa camaradería, EXIGENTE47 nunca planteó un encuentro fuera de aquella casa, nada de comidas ni cenas, nada de copas juntos, quién osaba mencionar la idea de un día en el campo o, aún menos, la de unos días de viaje de vacaciones. Y él lo deseaba. También deseaba adquirir aquella categoría de esclavo de verdad que el amo siempre refería a aquellos dos mitos del pasado. A su juicio a él le faltaba rodaje, hacía progresos, se entregaba bien, pero se le notaba juventud. Pronto sabría, además, de qué hablaba él cuando se refería a superar una prueba que convirtiera a un esclavo en su esclavo. Al parecer, el otro siervo estaba a punto de conseguirlo y él debía dar testimonio de la ceremonia ritual. El joven no podía evitar los celos que le provocaban aquellas confidencias y se esmeraba en hacer siempre todo al pie de la letra y con plena satisfacción de su amo. Esto lo llevó a situaciones nuevas y extremas. Algunas tardes el amo estaba acompañado de amigos, algunos cubrían su cara con máscaras y, a diferencia de su señor, gustaban de prendas de cuero y látex. Lo de la lluvia dorada en el garaje, con cuatro hombres orinando sobre el joven atado y amordazado era un juego de niños; peor se sentía alguna tarde en que, tras una buena sesión de torturas, le penetran dos y tres amigos del amo, que, no obstante, siempre estaba ahí para decir en el momento preciso “Basta” y dejarle recuperar el resuello. Un día, incluso, se produjo una pequeña desavenencia entre EXIGENTE47 y un amigo grueso y bastante mayor que al aplicarle cera ardiente terminó apagando un cigarrillo en el pezón derecho del joven. El dolor le nubló la vista y no gritó la palabra “Rojo” porque había llegado casi al desmayo. El amo expulsó al amigo de su casa, interrumpió la sesión y se comportó como un solícito amante durante más de una hora. Lo besó. Lo abrazó y lo besó. Le dijo que jamás invitaría a ningún botarate como aquel, le acarició y lo besó. Le pidió disculpas, su amo le pidió disculpas, le lavó la herida, le aplicó una crema y lo besó. Al cabo de unos días, la lesión mejoró, pero la cicatriz, realmente una rojez más intensa y una textura más suave, tierna, de herida no cerrada, permaneció; aunque al joven aquellos besos insólitos, sus primeros besos, habían compensado de sobra el dolor y la cicatriz en su pezón. “Yo beso a mis esclavos”. ¿Significaba aquello que había superado las pruebas y ya era un siervo de verdad? “No, te queda menos, pero no”.
* * * *
Era casi verano. Su hermano no estaba en la ciudad y sus padres pasaban por una temporada de malos humos, enfados y discusiones. Acababa de terminar el último curso del instituto y se preparaba para la prueba de acceso a la universidad. Hacía más de un mes desde el último encuentro con EXIGENTE47, así que se alegró de que lo convocara para unos días después, aunque el examen lo tuviera al día siguiente de la cita. Todo estaba cargado de un toque misterioso. El encuentro no sería en su casa, sino en una cafetería del centro y la hora resultaba muy temprana para los horarios que solía imponer. Qué sensación tan extraña encontrarse con su amo en un lugar público, fumando un cigarrillo y con un atuendo ejecutivo, con un traje elegante poco llamativo y una corbata de un color un poco subido para hacer contraste. Ni siquiera lo invitó a sentarse, pagó lo que había consumido y lo condujo a un coche que tenía mal aparcado en una pequeña calle cercana. Conocía aquel vehículo porque siempre estaba en el garaje del dueño, pero nunca lo había usado con él. EXIGENTE47 lo llevaba siempre a su casa después de las sesiones, pero lo hacía en una moto de gran cilindrada que el joven adoraba, pues le permitía abrazarse al amo durante el trayecto. El coche olía a lavanda y tenía el mismo aire pulcro y ordenado que todo en la casa y en la vida de su amo. Sin dar explicaciones arrancó el vehículo y lo llevó a un barrio cercano al centro lleno de inmuebles construidos a principios del siglo XX, burgueses, acomodados, sólidos, convincentes. Introdujo el coche en un aparcamiento público y se dirigió sin dudas al portal de un edificio de los años cincuenta. El portero no estaba; no habían dado todavía las cuatro de la tarde y el joven supuso que el momento de aquella visita había sido establecido buscando esta circunstancia. Después de pulsar en el timbre de uno de los áticos, la puerta se abrió sin que nadie preguntara nada. Hizo pasar al esclavo y le llevó hasta el ascensor. “Hoy veremos si tengo un esclavo de verdad”. “¿Yo?”. “No imbécil, que siempre te crees el centro del universo”. Cuando el ascensor llegó al ático todo estaba en penumbra. Llamaba la atención que el último piso tuviese una caja de escalera y un rellano tan oscuros. La puerta con la letra “B” se entreabrió sin dejar ver quién estaba al otro lado. Entraron y se encontraron en un piso decorado con gusto y mucho dinero. En él se combinaban muebles y utensilios antiguos con otros nuevos y modernos. Los libros eran un elemento que se encontraba por doquier, había estanterías en los pasillos y en las habitaciones que se veían desde el recibidor. El suelo era de madera y los radiadores y las puertas daban un inconfundible sabor a los últimos años cincuenta. El joven se sorprendió cuando, al cerrarse la puerta, apareció la figura de un hombre joven, no tendría mucho más de treinta años, completamente desnudo y con un niño también desnudo en sus brazos. Su expresión era seria, casi dolorosa. El amo avanzó sin preguntar y escrutó las estancias por las que atravesaban. El padre con su niño en brazos les seguía como si estuvieran a punto de llamarlo para la horca. Se trataba de un hombre hermoso, con un cuerpo armónico, alto, con un pelo casi rubio, escaso vello y con un sexo lacio y blanquísimo. El niño observaba la escena también con desconcierto, también rubio y de formas regordetas, con los ojos muy azules, no grises como los de su padre, y unos pies también muy blancos. Aún le faltarían al menos dos meses para cumplir un año. Nadie hablaba. Sólo el amo de vez en cuando, y como reconociendo y aprobando lo que veía decía “Bien, bien”. Al fin llegaron a un salón muy grande, tanto que cualquiera habría dicho que se trataba de dos habitaciones unidas. Al fondo aparecía una terraza desde la que se dominaba buena parte de la ciudad, que aquellas horas estaba invadida por el sol de las primeras horas de la tarde de junio. En el centro se disponía un gran sofá en forma de L que miraba hacia el ventanal y hacia la televisión, una gran televisión muy plana que se adosaba a una de las paredes que estaban llenas de marcos con fotografías familiares. Así afloró toda la vida de aquel individuo y su hijo de forma involuntaria: padres, hermanos, sobrinos, hijo. De éste había fotos de recién nacido y otras de los pocos meses transcurridos desde su nacimiento. Pero al joven, lo que más le llamó la atención fueron las fotos de la mujer, una chica joven, de las que parece que acaban de terminar sus estudios universitarios, sonriente, confiada, de mirada franca y sin dobleces. En uno de los marcos, grabado con una tinta plateada sobre fondo azul rezaba: “Amaya”. ¿Dónde estaría aquella mujer en esos momentos? ¿Qué significaba todo aquello? ¿Qué tipo de prueba le había llevado allí? ¿Era aquel hombre hermoso pero triste su rival en la obtención del estatus oficial de esclavo? Amaya en bicicleta, Amaya en bikini, Amaya en los coches de choque, Amaya en una hamaca, Amaya disfrazada de Pierrot en un carnaval. Siempre con la misma expresión de ilusión e ignorancia. “¿Qué miras con tanta insistencia?” le espetó el amo. “Nada”. El joven recibió una bofetada que casi lo hace tambalearse. “No ves cómo está este jodido esclavo? ¿Quién te crees tú para sentirte superior? Desnúdate enseguida cabronazo”. La calma tensa vivida hasta entonces se acabó. El niño percibió la violencia del momento y casi se echa a llorar, pero su padre supo reaccionar a tiempo y lo tranquilizó mientras el joven se quedaba desnudo frente al padre y al hijo, frente al amo. Casi conformaban una escena hermosa. Tanto el padre como el joven eran dos tipos de belleza contrapuestas, pero sin duda complementarias. El hijo del taxista tenía un cuerpo recio, bien formado, moreno y bien poblado de vello negro y fuerte. “Cómele la polla”. Miró hacia el padre que acunaba de pie a su hijo. Éste también lo observó y sus miradas se cruzaron con un cierto aire de desafío. Ahora empezaba a entender la prueba de humillación a la que pretendía someter al dueño de aquella casa. El amo se sentó y el joven se arrodilló frente a aquel sexo rubicundo y enervado, lo introdujo en su boca y comenzó a estimularlo con su lengua. Se ayudó de sus manos para retirar el prepucio y dejar que el glande contactase mejor con su cavidad bucal, pero aun así no lograba que aquel miembro cobrase el menor signo de excitación. Tampoco él estaba excitado. EXIGENTE47 se levantó del sofá, se quitó el cinturón del pantalón y se acercó hacia aquella triste escena. Se dirigió al padre y le recriminó “Me prometiste una hermosa sesión ¿A qué esperas hijo de puta?” y primero restalló el cinturón en el suelo, pero a continuación lo cruzó sobre las espaldas de los dos esclavos. Él niño no se asustó esta vez, sólo miraba con fijeza la cara iracunda del amo que de un manotazo apartó la boca del joven y agarró con fuerza los testículos del padre. Éste contuvo el gesto y la expresión de dolor. “¿Quién es mi puta?”, “Yo, Señor”, “Ponte de rodillas”. Mientras el padre se reclinaba y guardaba el equilibrio con su hijo en brazos, el amo se quitó la camisa, los pantalones y se descalzó zapatos y calcetines. Permaneció como un ser de otro mundo en medio del salón con unos calzoncillos grises, muy pegados a su cuerpo y que, pese a su buen estado de forma, daban forma a su pequeña barriga. No parecía excitado, pero al aproximar su sexo a la cara del padre arrodillado su expresión cambió para indicar que la situación empezaba a satisfacerle. La lengua del dueño de aquella casa se estiraba, lo mismo que su cuello, para besar y lamer el miembro de su amo a través de la tela de aquella prenda. El amo se cansó y se la retiró, y su sexo a medio camino de la excitación cayó sobre la cara del padre y se detuvo a escasos centímetros de la de su hijo. “Al niño no, mi Señor, al niño no”. Esto pareció enfurecer al amo que propinó una patada en el sexo del padre. Le tomó por el pelo y le gritó al oído “¿Crees que tienes que recordarme lo que puedo y lo que no puedo hacer? Mariconazo. Esto lo pagarás caro”. El padre estaba a punto de llorar. El joven asistía atónito a aquella escena que ya no le resultaba en absoluto excitante. Incluso el amo empezaba a dudar de que hubiera sido una buena idea someter al esclavo con su hijo en brazos para otorgarle el estatus de esclavo personal. “Ahora le comes tú la polla al niñato éste”. El joven se puso de pie y se acercó tratando de no titubear al padre arrodillado que mostraba un gesto descompuesto. Era obvio que estaba arrepentido de haber accedido a aquel juego, pero tampoco decía la palabra “Rojo” o cualquier otra que indicase que aquello no continuaría. Su boca parecía pequeña y fría, o al menos eso pensó el hijo del taxista al notar la viscosidad de su saliva en su sexo también triste. “¿Pero qué tengo que hacer con vosotros dos? Sois dos malas putas. Voy a repudiaros a los dos. No valéis para nada”. Su expresión, sin embargo, cambió casi al momento. El amo sabía desenvolverse en este tipo de situaciones y no estaba dispuesto a perder una ocasión como aquélla para doblegar la voluntad de un siervo incluso con su hijo en brazos. De la pequeña mochila extrajo un antifaz que ambos esclavos conocían bien, y se lo aplicó al padre mientras notaba un leve temblor que afectaba al siervo en brazos y piernas. Cuando le privó de la visión se acercó a su boca y comenzó a besarlo con inusitada dulzura, y al joven esclavo se le vinieron a la mente aquellas imágenes, que no se repitieron, de la tarde en la que el amo le premió con tantos besos después de que su amigo le quemase el pezón. Se miró la tetilla y allí seguía la huella de aquella tarde. Sintió celos, pero estaba paralizado por el desarrollo de la escena. Al padre le resbalaban lágrimas por debajo del antifaz, y su sabor salado se confundía en la lengua del amo y penetraba en su boca, de nuevo en su cuerpo, provocando una sensación balsámica. El temblor cesó y el niño se durmió en sus brazos, casi aprisionado entre su torso y el de su amo. El calor y la tarde de junio volvían a aquella estancia; a una señal del amo, el joven se volvió a apostar de rodillas entre el amo y el padre y se reintrodujo el pene del segundo en la boca. Todo retomaba un cariz más amable. No había crudeza, sino ternura. La imagen de cuatro varones de edades distintas en actitud amorosa recordaba ciertas imágenes de la pintura barroca alemana, todas ligadas mediante posturas un tanto inestables, pero indisociablemente unidas. “Así me gusta, mi vida, así me gusta”. El padre había llegado sin duda a ese punto en el que la mayor felicidad se fundamenta en darlo todo por nada, en humillarse para lograr un gesto de aprobación y, como no podía ser de otra manera, aquella marea de besos y caricias le colmaban. Se estaba excitando, tomó conciencia de que su sexo se despertaba en la boca de aquel jovencito del que había oído hablar en alguna ocasión al amo y que sin duda tenía cierta pericia en asunto de felaciones. Cuando el amo observó que ya no había lágrimas y que la respiración y la actitud del padre había recobrado el pulso normal de sus encuentros, le levantó el antifaz y lo acercó al sofá, acomodándolo boca arriba con su hijo siempre entre sus brazos y entonces profundamente dormido. Se colocó un preservativo y levantó las piernas al dueño de aquella casa y joven padre de familia. Mientras el esclavo menor se retiraba a un lado y se auto complacía en los celos que sentía, EXIGENTE47 penetró de un golpe a su esclavo mayor que, en el intento de que el niño no se despertara, apretó las mandíbulas y soltó un bufido largo en falsete. Las embestidas del amo no fueron muchas, se diría que tenía prisa en eyacular y cumplir así el objetivo de la escena. Al final se corrió mientras un hilo de baba le rozaba la comisura derecha. Cuando se retiró, el joven pensó con terror que tal vez lo obligaría también a él a penetrar en aquella postura al padre, que estaba serio pero con el pene en erección. No hubo tal, el amo ordenó que dejara de abrazar a su hijo con la mano derecha y que se masturbara para ellos dos, quería ver cómo el semen del padre manchaba la piel del niño dormido. No hubo protestas. El dueño de la casa tardó casi un par de minutos en conseguir eyacular; parte de su semen se derramó en el sofá y en su propio vientre, pero la mayor parte de aquella masa viscosa fuente de la vida, resbaló por la piel blanquecina y suave del niño dormido. Después cerró los ojos y les pidió por favor que los dejaran solos.
4. Obediencia debida
El joven no volvió a encontrarse con el protagonista de aquella escena. Por lo que supo, el amo no había considerado su actitud digna de un esclavo real, con lo que el hijo del taxista confiaba en que en un futuro más o menos lejano, él fuese el continuador de la saga interrumpida hacía años de siervos que el amo valoraba como verdaderos esclavos. El ritmo de encuentros y el contenido de las sesiones, tornó a la periodicidad y estilos de siempre.
Entre tanto, en su casa se prolongó el período de desencuentros y discusiones familiares. Él imaginaba que se trataba, de un lado, del equilibrio imposible entre los tres varones y, de otro lado, del presumible climaterio de la madre. Aun en el desentendimiento que había convertido a los cuatro miembros de aquel hogar en personas autistas entre sí, las formas se habían mantenido más o menos intactas y el deterioro de la convivencia venía a acentuar el odio de los hijos hacia su padre, así como su tradicional incomunicación. El joven le comentó a su amo aquellas desavenencias familiares en una de las largas conversaciones que mantenían después de sus sesiones sadomasoquistas. Además, una cosa llevó a la otra, y terminó contándole, cuando ya hacía más de dos años que se conocían, los abusos paternos durante su adolescencia. El amo tuvo una reacción mucho más iracunda y contundente de lo que él hubiera imaginado. De alguna manera, el hijo del taxista no creía que tuviera unos principios morales muy rígidos ante los abusos sexuales paternos cuando él mismo había obligado a uno de sus esclavos a que eyaculara sobre el cuerpo de su hijo dormido; pero al parecer su espíritu dominador incluía una actitud protectora y vengadora respecto a sus siervos que tenía incluso carácter retroactivo. El asunto le obsesionaba. De repente quería conocer a su padre, verlo, observarlo. De forma continua se le ocurrían motivos y estrategias de venganza. “¿Y a tu hermano? ¿No hizo lo mismo con él?”. El joven sabía que su hermano había sido el favorito de su padre hasta que los papeles se invirtieron, pero no creía, dado lo niño que era entonces, que lo hubiera sometido a las mismas experiencias. “Pregúntaselo”. Pero aquello no era fácil. Los dos hermanos nunca habían compartido ningún secreto; no habían intercambiado esas conversaciones que resultan tan típicas entre familiares cercanos y que ayudan a conocer e interpretar la realidad desde la infancia. Siempre habían rivalizado por su papel en la unidad familiar y desde que las exigencias paternas habían roto el equilibrio de los primeros años, no se había recompuesto una nueva relación de fuerzas y de trato entre ellos, cada uno vivía solo en su apartado rincón de aquel pequeño piso de barrio modesto. No acertaba a encontrar la vía para entablar un diálogo con su hermano y, mucho menos, respecto al papel del padre en la vida de ambos. Sin embargo, también pensaba que a EXIGENTE48 no le faltaba razón, que no había ningún motivo para que el hermano menor desconociese los abusos de los que él había sido objeto. El amo le persuadió a la postre de que se merecía la venganza y que, si no la deseaba, se la tomase como una cuestión de obediencia debida.
Habló con su hermano una noche de martes, de otoño, casi de madrugada. El menor había estado viendo un programa de la televisión que había durado hasta casi la una. El mayor había decidido que aquella sería la noche y esperó con paciencia a que el menor se lavara los dientes y entrase en el cuarto y se desnudase mientras él simulaba leer una novela. Algo se debió de barruntar, “¿Por qué me miras así?”, y aunque el joven negó y se enfrascó en la lectura de nuevo, no se podía ocultar que quería compartir algo. Sin embargo, sólo cuando se apagó la luz le lanzó la pregunta, eso sí de forma absolutamente directa: “A ti papá te hacía cosas cuando eras pequeño?” El menor encendió de nuevo la lámpara que acaba de apagar y dirigió una mirada atónita a su hermano. No sabía qué contestar, no podía contestar. También tenía mil preguntas que hacerle al mayor, pero no podía ponerlas en orden, las palabras bailaban y las ideas chocaban entre sí. De nuevo volvía a sentir el semen de su padre resbalando por su piel, sus manos, sus dedos acariciándole el trasero, su espalda; y todo venía envuelto en un aire sensaciones contrapuestas, de paraíso perdido, de tiempo feliz, de cariño abandonado, pero también de celos, de odio de victimismo. No acertaba a saber si debía hacer partícipe a su hermano de sus vivencias. Con aquella frase venía a confirmar lo que siempre había sabido… el mayor se había convertido en el favorito de su padre cuando él fue arrojado de aquel mundo finito y perfecto. También intuía que la relación especial y no explicitada entre su hermano mayor y su padre se había acabado hacía tiempo, pero jamás se habría atrevido a comentarlo con nadie, cuanto menos con su propio hermano. Además, ni siquiera las veces en que habían comentado, casi siempre de pasada, lo raros e irritables que estaban sus progenitores, se le había pasado por la mente realizar alguna recriminación o reproche a su padre por la forma en la que lo había utilizado en el pasado. “Papá me quería mucho, por lo menos hasta que te prefirió a ti”. Aquello ya lo sabía el mayor, lo sabían todos en la familia. La pregunta era otra, pero no parecía que el menor estuviese dispuesto a admitir nada cercano a contactos físicos paterno-filiales. “Papá abusó de mí todo el tiempo en el que tú dices que me prefería”. Ahí estaba la acusación de abuso. “Papá no abusaba, nos quería”. Aunque llevaba años diciéndose abiertamente que el trato que le había dispensado su padre encajaba en lo que todo el mundo entiende por abuso infantil, agravado por el hecho de la premeditación y la reiteración, no admitía esa expresión ni en labios de su hermano mayor ni en los propios. “Sí, nos quería –adujo éste- y por eso me metía la polla por el culo”. El hermano menor se ocultó bajo la almohada y comenzó a llorar. De nuevo no podía articular frase alguna y la impotencia y claridad de su hermano le herían con un dolor sin límites. “Tú tienes tu novia, pero yo sólo me acuesto con hombres y además únicamente me excito cuando me insultan o me pegan”. El pequeño seguía llorando y ocultando su rostro. Encontraba injusta aquella conversación; parecía que su hermano lo acusase a él y no a su padre. “Papá sólo quería abrazarme”, atinó a vocalizar. “Pues es una suerte, porque a mí sólo me soltaba cuando se corría”. Odiaba mostrarse débil y no soportaba que en su cara se trasluciese el dolor que aquellas frases le infligían, pero al cabo de unos minutos de silencio el hermano menor admitió con voz más serena: “Yo soy el que no puede correrse, nunca puedo correrme cuando estoy con mi novia. No sé cómo ella aguanta a mi lado después de dos años así”. El mayor se sorprendió de aquella confesión y tras un momento de desconcierto se levantó de su cama y se sentó sobre la de su hermano abrazándole. “Calla”. “Lo he intentado muchas veces, pero cuando estoy con ella me vengo abajo y lo sé, Papá tiene la culpa. Siempre la tuvo, porque también abusó de mí”. Lo había dicho, había pronunciado el verbo que acusaba a su padre, que reconocía aquellos años turbios, oscuros, y entonces hermosos, y su hermano no había mudado la expresión y, menos aún, el mundo se había venido abajo. “No te preocupes, hermano –le llamó así como cuando eran pequeños-. Yo te voy a ayudar, pero nos vamos a cobrar lo que Papá nos debe, y te aseguro que es mucho. Calla y descansa, no llores más. Yo se lo voy a hacer pagar todo por los dos. Te lo prometo”.
* * * * *
Cuando el taxista recobró el sentido estaba atado a una camilla de hospital, pero estaba en el garaje de una casa. No lograba poner sus ideas en orden y un sabor amargo y desagradable le abotargaba la boca, seca y áspera. No tenía fuerzas para accionar la lengua, si es que podía llamarse lengua a ese objeto que llenaba su boca, que pesaba y se pegaba a su paladar, a sus mejillas, casi provocándole la asfixia. Recordaba vagamente y mezcladas las escenas de las últimas horas. Aquella llamada a un barrio elegante que le anularon cuando ya estaba en el lugar de reclamo; aquella mujer enfundada en una gabardina que apareció un poco más allá y le pidió que la llevara a un club privado y que le sedujo; aquella habitación desnuda y fría, presidida por un gran espejo, en la que penetró analmente hasta correrse a aquella hermosa y extraña mujer; aquel irrumpir de repente de varias personas, entre ellas su hijo mayor y el trapo empapado que le acercaron a la boca y a la nariz y que le hizo perder el sentido casi de inmediato; voces, recordaba voces en su ceguera, la voz de su hijo que repetía “Cabrón. Eres un cabrón”. Sin embargo, y aunque él no lo hubiera visto, también estaba entre aquel grupo de personas su hijo menor, callado, pero atento. El amo lo controló todo desde antes de que el taxista y aquella mujer aspirante a ser su esclava llegaran al club. Dispuso la cámara tras el espejo-cristal y grabó los cinco minutos que duró toda la escena, incluido el coito anal. Cuando apenas el taxista había llegado al orgasmo, confirmó las órdenes a los dos hermanos y entraron a tropel en la estancia con un apósito borracho de cloroformo. Nunca podría olvidar la expresión de terror de aquella mujer cuando el taxista se desplomó en la cama. Apenas tuvo tiempo de explicarle nada, le dijo que había cumplido su prueba a la perfección y que aquellos chavales eran los hijos del taxista, que estaba en buenas manos y que se fuera de allí. “Pide otro taxi desde tu móvil y ya hablaremos mañana”. La mujer no necesitaba demasiadas instrucciones, sentía una gran urgencia en desaparecer. Deseaba no haber estado nunca allí, no haber conocido a ninguno de aquellos extraños personajes cuya relación no podía reconstruir. Desapareció confusa y temblando debajo de aquella gabardina grande y desgarbada. “Sabrás de mí pronto” le dijo el EXIGENTE48, pero en realidad ella no quería saber nunca más de nada ni de nadie relacionado con aquella noche.
Entre los tres hombres introdujeron al taxista en su propio vehículo y lo condujeron a la casa del amo. Una vez allí, éste le inyectó una sustancia en el brazo y confirmó que el padre de aquellos dos muchachos, dos hermosos muchachos, seguía durmiendo el sueño de los justos. Trajo una camilla de las que solía utilizar en sus sesiones sadomasoquistas y lo acomodaron allí mismo en el garaje. Encendió las potentes luces blancas de sanatorio que caían del centro de la estancia y comenzó a apilar toda una serie de instrumentos quirúrgicos en una mesa cercana. “Desnudadlo”. Los dos hermanos comenzaron a sacarle la ropa a su padre, aquellas prendas que le colocaron deprisa y con gran esfuerzo en el club para sacarlo de allí y traérselo a la casa del amo. Al retirar el jersey, los pantalones, la camisa, iban redescubriendo los trozos del cuerpo paterno, siempre velludo y un poco fofo, que tantas veces habían sentido ardiendo junto a ellos. El hermano mayor le arrebató los calzoncillos y el menor los calcetines. Allí estaba la figura del padre, recostada en un extraño escorzo, dejada, varada, abandonada. El amo empujo uno de sus hombros para que el cuerpo reposara completamente boca arriba dejando bien a la vista el torso y aquel gran sexo que sus hijos conocían bien. A continuación les alargó unos juegos de gomas para inmovilizar las piernas y los brazos del taxista y a los pocos minutos un silencio embarazoso y de circunstancias lo invadió todo. El único indicio de vida lo ofrecía la rítmica emergencia de la barriga con una respiración pausada y tranquila. A partir de ese momento, el amo fue mucho más conciso en las determinaciones que debían seguir los hermanos. Se convirtió en un profesional y adquirió el mismo tono que solía utilizar en los quirófanos. Les ordenó vistieran una especie de delantales blancos, iguales al que él se habían puesto, y que depilaran los testículos y todo el entorno de los genitales paternos, para lo que había llevado crema, agua y unas maquinillas especiales. Les indicó cómo debían estrangular los testículos con una cuerda y a qué altura. Revisó el estado de la anestesia casera que habían aplicado al taxista y les enseñó la manera de esterilizar el lugar del escroto en el que debían hacer una incisión con el bisturí ya preparado. Sólo el hijo mayor se sintió con fuerzas para hincar el instrumento que le había aproximado su amo y desplazarlo en la dirección y hasta el punto requerido. La abundante sangre que, sobre todo al principio, brotó de aquella herida les alarmó un poco, pero la voz confiada y segura del amo, a fin de cuentas un cirujano con más de veinte años de experiencia, les recondujo en el objeto de su acción, al menos al hermano mayor que era la mano ejecutoria. Una vez superada la primera crisis y contenida la mayor parte de la hemorragia gracias a la intervención de EXIGENTE48, el hijo completó la incisión y tuvo que hacer un gran esfuerzo por contener la arcada que le ahogaba la traquea al abrir la herida. Se mareó y se detuvo unos segundos junto a la camilla. El amo le abrazó y la sangre de su padre que se había impregnado a aquel delantal plástico se intercambió entre ambos como el símbolo de una relación inquebrantable. “¿Podrás?”, “Sí, Señor” contestó el joven mientras trataba de recobrar las fuerzas. Cuando se giró sobre la camilla su hermano ya no estaba, vomitaba en el jardín. No perdió ni un momento más, reabrió la herida y con las instrucciones de su amo amputó las dos masas sanguinolentas de ambos testículos. Cuando las depósito sobre plato de metal, las fuerzas le abandonaron completamente y se dejó caer a un lado. El amo terminó la operación, cauterizó la herida, la cosió y la cubrió con una venda protectora. Recogió y esterilizó con cuidado el material que habían usado. Mantuvo al taxista atado y llevó a los hermanos a una de las habitaciones de invitados. La noche había sido larga y todos estaban agotados.
Cuando el taxista se despertó del todo y puso en orden sus ideas, inmediatamente notó un dolor extraño y agudo en lo que habían sido sus testículos. Al verse atado e inmovilizado comenzó a dar voces y a imprecar contra todo lo conocido. A los pocos minutos aparecieron sus dos hijos con el semblante tranquilo y no tuvieron más que indicarle que querían hablar con él “¿Qué me habéis hecho cabrones? ¿Qué le habéis hecho a vuestro padre?”. Sin embargo, no hizo falta discutir mucho. Lo tenían todo muy medido. Con pocas frases le recordaron todos los detalles que habían marcado sus experiencias infantiles, todas las prácticas a las que les obligó durante años. Tampoco tuvieron que hacer un gran esfuerzo para hacerle entender que estaba absolutamente en sus manos y que cualquier denuncia, o simplemente un comentario a su mujer, y el escándalo y responsabilidad que ellos sabrían levantar, y reclamar, le costarían hasta el último céntimo que tuviera ahorrado y la misma licencia del taxi, que tanto le había costado obtener después de muchos años de asalariado. Además, por si fuera poco, tenían un vídeo completo de lo que ya sería para siempre la última relación sexual de su padre. Le ofrecían silencio a cambio de que el taxista aceptase limpiamente la venganza. No tuvo opción.
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Han pasado dos años y el taxista continúa con su vehículo, algunos kilos de más y una voz menos contundente que antaño, pero no le falta figura y su vida, un poco más casta, sigue pareciéndose a la que siempre tuvo. El hijo mayor estudia el tercer curso de su carrera. Tras la noche en que castró a su padre, acción que por otra parte le había valido el ansiado título de esclavo total de EXIGENTE48, aún mantuvo su relación de dependencia con éste durante unos meses, pero hace más de año y medio que lo vio por última vez. Optó desde entonces por relaciones sexuales menos violentas y más afectivas, aunque ninguna le ha cuajado hasta el momento. El hijo menor acudió a un psiquiatra a instancias del propio amo y comenzó a tener relaciones sexuales completas con su novia al poco tiempo. Hoy también estudia en la universidad y capea menos fantasmas por las noches. La madre no entendió muy bien lo que había acontecido en aquella familia. De pocas luces, atribuyó siempre las rarezas y situaciones extrañas de aquellos años a las difíciles circunstancias a las que aboca la adolescencia. De la escasa actividad sexual de su marido prácticamente no se percató al principio y, meses después, casi lo encontró una bendición. Nunca supo qué había pasado durante aquella semana fría en la que sus hijos la enviaron casi obligada a visitar a sus hermanas al pueblo. Pero algo bueno debió de ocurrir, ya que desde entonces se habían acabado las discusiones y las peleas, los dos hermanos se llevaban mejor que nunca, bromeaban, se intercambiaban la ropa y se mostraban cariñosos entre ellos; su marido se había vuelto más dócil y ella misma se enorgullecía de aquel cuadro familiar, equilibrado y ejemplar. Se lo comentaban muchas veces, “Tienes una familia envidiable”. “Por supuesto” pensaba ella.
Una mañana, cuando compraba en el centro, se le aproximaron unos periodistas de televisión y le preguntaron para una de las cadenas de ámbito nacional su parecer sobre la ley que entonces se preparaba para la legalización de las bodas entre individuos del mismo género. Al principio le entró un poco de terror escénico, nunca había hablado ante un objetivo, pero tanto la locutora como el cámara se ganaron su confianza en pocos segundos. La colocaron frente a un escaparate cuya luna le proporcionaba luminosidad a la cara, se retocó el pelo en un ataque de coquetería –qué dirían las vecinas si la veían de cualquier manera- y sonrió mientras ponían en funcionamiento la cámara. “¿Ahora?” “Sí, cuando quiera?” Su alocución no pudo ser más sincera y casi conmovedora: “Bueno. No sé cómo me preguntan a mí sobre las bodas entre dos hombres o dos mujeres. Para mí el modelo de familia es la del marido, la mujer y los hijos, que es exactamente lo que tengo en mi casa: mi marido y mis dos hijos. ¿Cómo se le puede negar a una persona el cariño de un padre y de una madre? ¿Qué habría sido de mis hijos si no nos hubiesen tenido a los dos? No digo que seamos la mejor familia del país, pero desde luego creo que si todos los niños tuvieran la oportunidad de tener una parecida a la mía, tendrían al menos una buena educación, no habría guerras, las cosas se resolverían hablando y todos sabrían lo que es el respeto y el cariño. ¿Vale así?”. “Sí señora, muchas gracias. Ha quedado muy bien. La felicito por su familia, hay pocas que puedan alardear de ser casi perfectas”. “Desde luego, si de algo estoy orgullosa es de mi familia. Comparada con otras, se puede decir que no tenemos problemas”. Y en efecto, tenía toda la razón, los problemas de fondo de aquella familia se habían acabado de una vez y para siempre.


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